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3.5.09

2 por 1

Chicago

Llegué a Chicago porque me estaba destinado. Una semana antes del vuelo no tenía visa. Dos semanas antes, no tenía idea de que estaría una semana fuera del país y cuatro días y medio en esa ciudad de la que no sabía demasiado.

Todo fue encomendarme a la casualidad y dejarme ir. En ese trance perdí mi teléfono celular, corrí a múltiples lados, organizamos una semana de oficina in advance y logre manener la tensión de "me voy o no me voy" hasta el último minuto posible.

Al final me fui, más porque seguí los pasos de mi destino que porque tuviera algún mérito extra o estuviera preparada para esta aventura de trabajo. Sobre el vuelo ya les platiqué. Sobre la ciudad no he dicho nada todavía.

El horizonte de Chicago es todo menos horizontal. Me recibió a medio camino entre atardecer y anochecer, con todos los rascacielos encendidos y un cielo con tonos naranjas y morados. Nos vimos frente a frente, y transformada de pronto en el ratón de campo que se maravilla viendo la ciudad por vez primera, Chicago vestida de gran ciudad un miércoles cualquiera, nada extraordinario.

Si alguna vez existió un romance de película, es el mío con Chicago. Pase por todos los estereotipos a lo largo del viaje... Ver la pandillita de negros hiphoperos que caminaban por la acera con actitud de madreadores diciendo cosas sobre las mujeres que se cruzaban con ellos en la acera. Encontrar un café con barra al centro, en donde se sentaron a mi lado Escritor, Rubios Universitarios, Negro de la Tercera Edad con Boina y Periódico. Hacer fila en el correo y comprar estampillas para ponérselas a las postales que después metería en un buzón azul. Sentarme en un Starbuck's a ver llover y no mojarme. Caminar por las calles lluviosas con un impermeable, una bufanda y un paraguas que se volteó al menos tres veces con las ráfagas de viento.

Si yo me apropio de las ciudades caminando, Chicago me la gané paso a paso. No la conocí toda, pero cada centímetro que conocí fue a pie. Desde el hotel hacia el norte, hacia el sur, hacia el río y hacia los barrios más allá de él. Chicago es librerías, boutiques, tiendas baratas, metro, lluvia, viento, sol, gente sonriente, inmigrantes a riadas, al menos un museo que me hizo llorar, calles que no pude ver por mirar edificios, edificios que funcionan como parque temático, pizzas de fondo profundo, skillets y una libertad que ya no recordaba.

Abandone a Chicago un lunes. El peso de los rascacielos en el corazón me hace sentir apesadumbrada (aún ahora).

Dallas

El contraste no podía ser más intenso. Después de rainy, windy Chicago, el sol de Texas (pronunciado siempr Tec-sas), su calor descomunal, el horizonte horizontal, las enormes avenidas que no permiten que nada crezca a su alrededor excepto corporativos y centros comerciales... Pude haber ido de Chicago al DF sin sentir tanta nostalgia, pero el recuerdo de una y ora ciudades me amargó Dallas.

Estoy acostumbrada a ganr a pie mi derecho de paso en las ciudades, a ver downtowns y centros, a conocer las calles de la ciudad como la palma de la mano de otra gente. Dallas fue hotil en ese sentido desde muy al principio: sólo un highway, espacios en blanco que no se pueden llenar con palabras conocidas, un juego que no conozco.

Cuando llegué al hotel, descubrí con un poco de sorpresa que el hotel-mall en el que me hospedaría era el mismo sobre el que había tenido que escribir un párrafo extra cuando fingí ser una niña de mundo para conocida revista de estilo de vida. Lo que escribí sonaba más o menos así:

¿Quieres más? Imagina esto: llegas a Dallas y te diriges hacia Galleria Dallas. Te hospedas en el Westin que se encuentra dentro del centro comercia, y sólo falta que te dejes llevar por la atmósfera de lujo mientras visitas tiendas como Tourneau o Versace o te compras algo lindo en Victoria's Secret. Si quieres sentirte como una diva moderna, compra un café, bébelo frente al aparador de Tifanny & Co. y sueña despierta un rato.


Lo que no les dije a mis —entonces— lectoras, fue que el hotel era precioso (dicen que ahora que lo visité estaba recién remodelado), que la mejor tienda es Williams-Sonoma, que Banana Republic es un ensueño y es carísima, que también hay un Payless Shoes con tenis de 10 dolaritos; tampoco les dije que los taxistas y los dependientes de tiendas negros son evidentemente racistas si te ven cara de latino (excepto George, el taxista con palabra de honor que me descubrió el zouk), ni que estar hospedada dentro de un centro comercial es algo que a mí me causó una asfixia enorme y depresión. Claro que no lo dije porque todavía no lo sabía, pero tuve 3 días para averiguarlo.

El centro comercial, efectivamente, es precioso. Me sentí tentada a hacer las dos cosas que sugerí en el artículo, aún sin recordarlas claramente: Victoria's Secret fue el primer sitio (fuera de la recepción) donde alguien me sonrió y me dirigió la palabra; en agradecimiento pensé en gastar 25 dólares en ropita interior, o 20 en brillos labiales, pero cuando decidí hacerlo, las vendedoras desaparecieron y me salvaron de mi propia trampa. Mi desamparo y el aparador de Tifanny's hacían juego, pero en el último minuto pensé que era demasiado cursi y preferí comer yogurt congelado de orangecup mientras caminaba por los pasillos.

Sin embargo, estar allá me dio otra perspectiva. La primera fue que Lerma sería más bonito si tuviera lotes baldíos con pasto verde y cuidado, y también que ganaría mucho con centros comerciales ordenados. También aprendí de primera mano lo ojete que se siente que te vean feo gratuitamente, por el puro prejuicio.

No conocí Dallas, conocí Gallería. Prety impressive.

De mi regreso a México y a la epidemia ya platicaremos luego.

3.11.08

Bridezilla atacks!!

Ya estoy de regreso. Fui a una boda el fin de semana, en la que de pronto parecía que me iba a resultar terrible, pero acabó siendo una tarde muy divertida con amigos distintos a los de siempre. Bridezilla atacó en Cuernavaca, y la verdad es que desde la llegada a las 2.30 am a la casa del tío de mi amiga, después de perdernos y de descubrir que acá la brillante de mí olvidó el teléfono en el DF, no augurábamos un fin de semana muy brillante. Gracias a Cina, al Conf, al Dr. Vitamini, al Cachucho mayor, su simpática acompañante y a la capacidad que tenemos R y yo para el relajo, no lo fue.

En realidad nos reímos mucho, bailamos algo, caminé descalza en la fiesta de jardín, clavé un cuchillo en la tierra —haciendo gala de mis supersticiones—, superamos el ataque de Bridezilla con relativamente pocas bajas y nos dimos el lujo de ir a comer el domingo a Tepoztlán.

Uno de mis temas recurrentes es la divergencia que hay entre mis amigos de antes y mi yo de ahora. Diría el tío R (que no mi R): "juntarme con los amigos de mi edad me deprime... sólo hablan del pasado... Por eso me junto con ustedes". Pues así, pero 30 años antes que el tío, he descubierto que la gente con la que conviví durante la universidad es la misma. Yo ya no. Y en vez de azotarme, actué en consecuencia. Tuvimos un fin de semana agotador, pero maravilloso.

Bridezilla fue la última de mis amigas de esos tiempos que planea casarse, y lo hizo por todo lo alto (ahí se ganó el apodito). YA saben: LA iglesia, EL jardín, EN PROVINCIA, lista de regalos en todas las tiendas, triple RSVP, "no quiero recuerditos en mi boda", "la peinadora llegó tarde y yo me fui", "escojo mis padrinos y madrinas, los uniformo y luego no los dejo opinar respecto a ningún detalle" (por ejemplo, Cina era madrina de ramo... y no vio el ramo nunca. Yo le dije: "será de gerberas naranjas". Le atiné). Uf.

Lo bueno fue que después de toda su histeria, parece que al final disfrutó mucho su festejo. Al fin y al cabo, "It's my party and I'll cry if I want to". Yo, lo admito, vi toda la boda con una cierta especial cara. Me puse más cariñosa con R. Al final, le dije por qué:

"Gracias por aceptar compartir tu vida conmigo sin necesidad de tanto show".

Sí, hoy estoy feliz.

21.8.07

¡Pos' posmo, pues!

Por cierto, estoy leyendo un libro que me encantó: Globalización cultural y posmodernidad, de José Joaquín Brünner (Colección Breviarios, FCE, México). No saben la emoción que me produce esa sensación de decodificar la realidad en la que vivo (emoción que, según el autor, es terriblemente posmoderna).

Hagan de cuenta que conforme lo leo, descubro que lo que más odio y lo que más amo de vivir en la época en la que vivo tiene que ver con la posmodernidad. Yo había detestado la etiquetita esa de "posmo", en todo lo sangrón intelectualoide que me resultaba. Pues valió madre, ahora resulta que, como creatura de mi época (a child of my time), he descubierto que no me queda de otra que ser "Totalmente posmo". Vamos, que ya lo soy, pero ahora admitiré que sí, no tengo de otra.

Por cierto, según me escurrió de las neuronas mientras leía, en ninguna otra época de la historia humana pudiese haber existido un fenómeno como los blogs: entre que todos estamos conectados, que creemos que somos importantes (y vivimos viéndonos el ombligo) y que el acceso a los medios para hacernos públicos se han incrementado, ¿cuándo si no ahora?

Leí posturas optimistas y pesimistas al respecto de la influencia de la posmodernidad en la cultura. Yo no creo en la visión optimista, pero el pesimismo es muy poco simpático, jajaja. Digamos que me quedo con el punto de vista de la intermitencia... A veces la cachamos y a veces no.

Ah. Si alguien lee estas líneas y decide que el libro es bueno, o si ya lo leyó y nunca encontró con quien platicar, utilice ese medio tan posmo que es el mail... y escríbame...