Ayer, escuchando las noticias —mientras peleaba por escribir un reporte en estado de sonambulismo— me enteré que "desde que hace un mes se puso en marcha el programa especial de protección policiaca en las delegaciones Benito Juárez, Álvaro Obregón y anexas, el índice delictivo se ha reducido en blahblahblah"
Lamento informar que vivo y trabajo en la BJ... y que en las últimas dos semanas me ha tocado:
a. que a una alumna de la universidad la roben a punta de pistola (y apuntándole en la cabeza) dentro de una pape-cafetería a media cuadra de la escuela (de la que yo había salido no hacía ni 5 minutos)
b. que a uno de mis colegas y compañeros de maestría le roben su recién adquirida laptop mientras caminaba cerca del Parque de los Venados (sí, el que está ¡enfrente de la delegación!) y como se resistió al primer jalón, pues le rompieron la nariz.
Eso sin sumarle los atracos que no son del último mes, como los alumnos a los que cercaron entre tres hijos de puta con pistolas, para saquearles lo que pudieran (y que se escaparon de milagro); el otro alumno al que bajaron de su coche con la cajuela llena y listo para irse de viaje; las chicas a las que les arrebataron el celular cuando lo sacaron del bolsillo para contestar (van varias).
Me rehuso al indicativo "mala suerte". En realidad, desde que empezó el programa el asunto tiende al ridículo: mientras que en la zona por la que vivo (en donde la cosa siempre ha sido más o menos tranquila... algo de robo de autopartes, pero no mucho más) hay un policía en cada esquina, del eje 6 sur para abajo no me ha tocado ver a nadie, auténticamente. A veces una patrulla que pasa haciendo ronda, pero no mucho más.
En fin, que ya sé que todo el tramado de la agenda pública se construye de mentiras... pero igual. Decir que estoy emputadérrima es dejárselos barato...
¿Y qué vamos a hacer?
Pues supongo que ya no llevar computadora... y cargar menos dinero... y estacionarme en sitios distintos cada vez; si espero a que la policía haga algo me voy a hacer vieja...
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3.6.08
No mamar...
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universidad
13.11.07
El poder del batallón Juan Pérez.
R. me contagió. Resulta que ahora, como yo estuve acá, pero con la preocupancia (o preocupansia, que sería una mezcla de preocupación y ansia) de que les fuera bien y de que llegaran y de que... ya saben, Coppelia Angustias en pleno, no hallaba qué hacer. Después de mi clase, planeaba ir a dormir a casita, a apapachar al gato y a tronarme los dedos esperando que se reportaran. Quiso la vida que no durmiera yo.
Cuando iba de salida, me toparon dos alumnos muy acongojados. Creí que querían asesoría y ya los había mandado por un tubo, cuando me aclararon que lo que necesitaban era un automóvil más para llevar las cosas que se habían reunido en el centro de acopio de la universidad. Chale... “¿estaciono el carro enfrente de la puerta de acá?”
Una hora para llegar al centro de acopio. Igual ya no me daba tiempo para depositarle dinero a R (se dio cuenta hasta el último minuto de que las camionetas tienen la pésima costumbre de consumir gasolina y se fue con poquísimo dinero...) así que ya daba lo mismo lo que hiciera. Y lo que hice fue quedarme horas.
Cuando bajamos las cosas al centro de acopio, descubrí un hormiguero. Más de 100 personas poniendo manos y tiempo y fuerza física en organizar y verificar el acopio; más o menos lo que ya había hecho en casa pero en versión Pantagruel, con un patio lleno de alimentos y una calle bordeada hasta los topes por agua. Y como ni me gustan los retos, me quedé.
Trabajé allá todo el fin de semana. Viernes, sábado, domingo, lunes... Hoy me toca descansar y mañana también porque hay chamba en la agencia; el jueves tengo clases mañana y tarde (y aprovecharé para hacer tareas y calificar exámenes). Pero el viernes vamos de regreso. Y supongo que el sábado. Y el domingo, y así hasta que se termine la ayuda.
Hay mucha gente y muchas cosas. Han salido montones de trailers y diario hay voluntarios de todas las edades que verifican caducidades, organizan los víveres en cajas y costales, cargan camiones, empaquetan, arman cajas, etcétera. Desde niños de 6 años hasta señores y señoras de 70 pasaditos, cada quien tiene una chamba que empieza antes de las 9 am y termina hasta que llega la última donación y se va el último camión (después de las 9, a veces hasta después de la 1 de la mañana).
R regresó y me contó que lo que sale de acá llega allá. Fue a un albergue, en el que mi suegro está trabajando de voluntario. Las cosas no están nada fáciles, pero parece que al menos en lo que depende del gobierno estatal y el ejército se está haciendo todo el esfuerzo posible (Nunca creí decir algo bueno de los militares, y héme aquí... es que esa es la mejor función que pueden tener en México, ser cuerpos de rescate. Y los prefiero haciendo eso que haciendo lo que los gringos en Irak).
Me sorprende poder pensar bien de la gente, o al menos hacerlo a ratos. Después de muchos trailers enviados, las cosas caducas son 40 cajas (no dan ni para llenar una camioneta de 3.5 toneladas, pues) y los voluntarios están al pie del cañón. Gente como Carmita, como doña Leonor, como Lulú, como los Luises, como Roberto, como todos esos a los que no les veo el nombre pero de quienes recibo bultos y a quienes les paso latas y bolsas y jabones y demás... Somos Juanes Pérez, al final de cuentas.
Lo único que espero es que hagamos más conciencia. No son ni 100 ni 200 los damnificados, y no fue poco lo que perdieron. Hablamos de alrededor de 1’000,000 de personas, que perdieron entre todo y casi todo, y de un estado que acaba de ver como sus animales y cosechas se fueron al agua...
Espero seguir viendo pasar bultos y camiones por muchos días más. Espero seguir llegando a casa agotada y polveada y con los dedos cubiertos de curitas y las manos negras y las piernas con moretones de costales. Espero que los demás Juanes Pérez formen batallón de donantes y voluntarios.
¿Y ustedes ya hicieron acopio?
Cuando iba de salida, me toparon dos alumnos muy acongojados. Creí que querían asesoría y ya los había mandado por un tubo, cuando me aclararon que lo que necesitaban era un automóvil más para llevar las cosas que se habían reunido en el centro de acopio de la universidad. Chale... “¿estaciono el carro enfrente de la puerta de acá?”
Una hora para llegar al centro de acopio. Igual ya no me daba tiempo para depositarle dinero a R (se dio cuenta hasta el último minuto de que las camionetas tienen la pésima costumbre de consumir gasolina y se fue con poquísimo dinero...) así que ya daba lo mismo lo que hiciera. Y lo que hice fue quedarme horas.
Cuando bajamos las cosas al centro de acopio, descubrí un hormiguero. Más de 100 personas poniendo manos y tiempo y fuerza física en organizar y verificar el acopio; más o menos lo que ya había hecho en casa pero en versión Pantagruel, con un patio lleno de alimentos y una calle bordeada hasta los topes por agua. Y como ni me gustan los retos, me quedé.
Trabajé allá todo el fin de semana. Viernes, sábado, domingo, lunes... Hoy me toca descansar y mañana también porque hay chamba en la agencia; el jueves tengo clases mañana y tarde (y aprovecharé para hacer tareas y calificar exámenes). Pero el viernes vamos de regreso. Y supongo que el sábado. Y el domingo, y así hasta que se termine la ayuda.
Hay mucha gente y muchas cosas. Han salido montones de trailers y diario hay voluntarios de todas las edades que verifican caducidades, organizan los víveres en cajas y costales, cargan camiones, empaquetan, arman cajas, etcétera. Desde niños de 6 años hasta señores y señoras de 70 pasaditos, cada quien tiene una chamba que empieza antes de las 9 am y termina hasta que llega la última donación y se va el último camión (después de las 9, a veces hasta después de la 1 de la mañana).
R regresó y me contó que lo que sale de acá llega allá. Fue a un albergue, en el que mi suegro está trabajando de voluntario. Las cosas no están nada fáciles, pero parece que al menos en lo que depende del gobierno estatal y el ejército se está haciendo todo el esfuerzo posible (Nunca creí decir algo bueno de los militares, y héme aquí... es que esa es la mejor función que pueden tener en México, ser cuerpos de rescate. Y los prefiero haciendo eso que haciendo lo que los gringos en Irak).
Me sorprende poder pensar bien de la gente, o al menos hacerlo a ratos. Después de muchos trailers enviados, las cosas caducas son 40 cajas (no dan ni para llenar una camioneta de 3.5 toneladas, pues) y los voluntarios están al pie del cañón. Gente como Carmita, como doña Leonor, como Lulú, como los Luises, como Roberto, como todos esos a los que no les veo el nombre pero de quienes recibo bultos y a quienes les paso latas y bolsas y jabones y demás... Somos Juanes Pérez, al final de cuentas.
Lo único que espero es que hagamos más conciencia. No son ni 100 ni 200 los damnificados, y no fue poco lo que perdieron. Hablamos de alrededor de 1’000,000 de personas, que perdieron entre todo y casi todo, y de un estado que acaba de ver como sus animales y cosechas se fueron al agua...
Espero seguir viendo pasar bultos y camiones por muchos días más. Espero seguir llegando a casa agotada y polveada y con los dedos cubiertos de curitas y las manos negras y las piernas con moretones de costales. Espero que los demás Juanes Pérez formen batallón de donantes y voluntarios.
¿Y ustedes ya hicieron acopio?
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21.8.07
¡Pos' posmo, pues!
Por cierto, estoy leyendo un libro que me encantó: Globalización cultural y posmodernidad, de José Joaquín Brünner (Colección Breviarios, FCE, México). No saben la emoción que me produce esa sensación de decodificar la realidad en la que vivo (emoción que, según el autor, es terriblemente posmoderna).
Hagan de cuenta que conforme lo leo, descubro que lo que más odio y lo que más amo de vivir en la época en la que vivo tiene que ver con la posmodernidad. Yo había detestado la etiquetita esa de "posmo", en todo lo sangrón intelectualoide que me resultaba. Pues valió madre, ahora resulta que, como creatura de mi época (a child of my time), he descubierto que no me queda de otra que ser "Totalmente posmo". Vamos, que ya lo soy, pero ahora admitiré que sí, no tengo de otra.
Por cierto, según me escurrió de las neuronas mientras leía, en ninguna otra época de la historia humana pudiese haber existido un fenómeno como los blogs: entre que todos estamos conectados, que creemos que somos importantes (y vivimos viéndonos el ombligo) y que el acceso a los medios para hacernos públicos se han incrementado, ¿cuándo si no ahora?
Leí posturas optimistas y pesimistas al respecto de la influencia de la posmodernidad en la cultura. Yo no creo en la visión optimista, pero el pesimismo es muy poco simpático, jajaja. Digamos que me quedo con el punto de vista de la intermitencia... A veces la cachamos y a veces no.
Ah. Si alguien lee estas líneas y decide que el libro es bueno, o si ya lo leyó y nunca encontró con quien platicar, utilice ese medio tan posmo que es el mail... y escríbame...
Hagan de cuenta que conforme lo leo, descubro que lo que más odio y lo que más amo de vivir en la época en la que vivo tiene que ver con la posmodernidad. Yo había detestado la etiquetita esa de "posmo", en todo lo sangrón intelectualoide que me resultaba. Pues valió madre, ahora resulta que, como creatura de mi época (a child of my time), he descubierto que no me queda de otra que ser "Totalmente posmo". Vamos, que ya lo soy, pero ahora admitiré que sí, no tengo de otra.
Por cierto, según me escurrió de las neuronas mientras leía, en ninguna otra época de la historia humana pudiese haber existido un fenómeno como los blogs: entre que todos estamos conectados, que creemos que somos importantes (y vivimos viéndonos el ombligo) y que el acceso a los medios para hacernos públicos se han incrementado, ¿cuándo si no ahora?
Leí posturas optimistas y pesimistas al respecto de la influencia de la posmodernidad en la cultura. Yo no creo en la visión optimista, pero el pesimismo es muy poco simpático, jajaja. Digamos que me quedo con el punto de vista de la intermitencia... A veces la cachamos y a veces no.
Ah. Si alguien lee estas líneas y decide que el libro es bueno, o si ya lo leyó y nunca encontró con quien platicar, utilice ese medio tan posmo que es el mail... y escríbame...
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20.6.07
Odio a los limpiaparabrisas
Dicen que a la gente se le conoce por lo que ama y lo que odia, así que váyanme conociendo. No creo que sea motivo de vergüenza afirmar que los limpiaparabrisas son una subespecie humana que no lamentaría ver extinta una mañana cualquiera (imagino salir a la calle, detenerme en el alto de Cuauhtémoc y eje 6 y descubrir que sólo queda el vendedor de periódicos, el de flores y la cuarteta de malabaristas de fuego). No los detesto tanto como para salir con mi propia escopeta a cazarlos, pero sí, me gustaría de pronto encontrarme con su ausencia en las esquinas.
Mi odio no es gratuito. Tengo una serie de experiencias con el gremio que van de lo ridículo a lo francamente espeluznante, cositas molestas que resultan aún peores que las trastadas de mis alumnos. Compartiré algunas sólo porque esa es la razón de ser de este blog (y porque, como bien se deja suponer, este post tenía como intención contar dichas historias y no hacer patente mi aversión de gratis).
1. Fin de la primera quincena en un nuevo trabajo. De jefa de redacción en una revista minúscula, me transformo en corrector de estilo en una revista mediana (y en la agencia del terror). Por supuesto, hube de vivir esa primera quincena con los restos de mi último cobro en la revistita (y un finiquito pequeñito también, cortesía de los tres meses que figuré en la empresa). Justo es afirmar que ese último día no tenía ni 50 centavos en la bolsa: vamos, que si no cobraba mi cheque no comía. En el largo trayecto de casa de mis padres a la oficina, un limpiaparabrisas más sucio que el asfalto en el que yo rodaba me ataca (sí, ese es el verbo). Pese a mis súplicas y mis gestos de rechazo, el sujeto sigue limpiando el vidrio. Yo, sin un peso, pongo cara de circunstancias cuando él termina y le hago señas: "no dinero". En respuesta, el sujeto —con indudable pinta de pordiosero— me escupe el parabrisas que recién limpió. Nunca me había sentido así de humillada.
2. Constantemente, en la esquina de Insurgentes y Yucatán, me ataca una horda de limpiaparabrisas. Estos sujetos trabajan hasta las 12 de la noche. Quieras o no, te limpian el vidrio, y no llegan de uno en uno sino de dos en dos o rodean el coche entre tres. Intenten ser una mujer sola de noche manejando rumbo a su casa. Por supuesto, soy cliente frecuente de los fulanos en cuestión (y los detesto).
3. La vida da vueltas y ahora me encuentro buscando una chamba nueva que me permita ganar más lana de la que me da el sueldo de maestra (o sea, algo que me permita un poco más que pagar la renta y mi tarjeta de crédito). En el camino a mi entrevista de trabajo, al esperar una vuelta en U sobre Barranca del Muerto, uno de estos fulanos lanza el chisguete hacia mi parabrisas. "Vale madre", pienso, mientras le insisto al tipo en que no, no quiero que limpie mi parabrisas, y no, tampoco voy a volver a pasar a la próxima, y no, no traigo dinero, así que ni pierda su tiempo. El fulano pasa de la simpatía a la súplica y de ahí al franco enojo. Me golpea el cofre y me grita: "¿pues entonces para qué sale a la calle de jodida?". "¡Pues para buscar trabajo, huevón!" le grito mientras me alejo.
¿Así, o más? Sí, se supone que existe una sección en el reglamento de tránsito (o en alguno de los códigos, o algo así) en el que se supone que puedes denunciar a estos cabrones para que los policías les pongan un alto... Siendo realista: ni tenía tiempo de poner la denuncia (en cada uno de los casos perder tiempo habría sido fatal) ni los polis habrían hecho otra cosa que sacarles un pedo y una mordida, y a la siguiente vez que quisiera yo pasar por esos cruces... bueno, mejor ni me lo imagino. En fin, que sobrevivo en la misma ciudad que ellos, pero si algún día los fotonizan, creo que aplaudiré. Intolerante, ¿y qué?
Mi odio no es gratuito. Tengo una serie de experiencias con el gremio que van de lo ridículo a lo francamente espeluznante, cositas molestas que resultan aún peores que las trastadas de mis alumnos. Compartiré algunas sólo porque esa es la razón de ser de este blog (y porque, como bien se deja suponer, este post tenía como intención contar dichas historias y no hacer patente mi aversión de gratis).
1. Fin de la primera quincena en un nuevo trabajo. De jefa de redacción en una revista minúscula, me transformo en corrector de estilo en una revista mediana (y en la agencia del terror). Por supuesto, hube de vivir esa primera quincena con los restos de mi último cobro en la revistita (y un finiquito pequeñito también, cortesía de los tres meses que figuré en la empresa). Justo es afirmar que ese último día no tenía ni 50 centavos en la bolsa: vamos, que si no cobraba mi cheque no comía. En el largo trayecto de casa de mis padres a la oficina, un limpiaparabrisas más sucio que el asfalto en el que yo rodaba me ataca (sí, ese es el verbo). Pese a mis súplicas y mis gestos de rechazo, el sujeto sigue limpiando el vidrio. Yo, sin un peso, pongo cara de circunstancias cuando él termina y le hago señas: "no dinero". En respuesta, el sujeto —con indudable pinta de pordiosero— me escupe el parabrisas que recién limpió. Nunca me había sentido así de humillada.
2. Constantemente, en la esquina de Insurgentes y Yucatán, me ataca una horda de limpiaparabrisas. Estos sujetos trabajan hasta las 12 de la noche. Quieras o no, te limpian el vidrio, y no llegan de uno en uno sino de dos en dos o rodean el coche entre tres. Intenten ser una mujer sola de noche manejando rumbo a su casa. Por supuesto, soy cliente frecuente de los fulanos en cuestión (y los detesto).
3. La vida da vueltas y ahora me encuentro buscando una chamba nueva que me permita ganar más lana de la que me da el sueldo de maestra (o sea, algo que me permita un poco más que pagar la renta y mi tarjeta de crédito). En el camino a mi entrevista de trabajo, al esperar una vuelta en U sobre Barranca del Muerto, uno de estos fulanos lanza el chisguete hacia mi parabrisas. "Vale madre", pienso, mientras le insisto al tipo en que no, no quiero que limpie mi parabrisas, y no, tampoco voy a volver a pasar a la próxima, y no, no traigo dinero, así que ni pierda su tiempo. El fulano pasa de la simpatía a la súplica y de ahí al franco enojo. Me golpea el cofre y me grita: "¿pues entonces para qué sale a la calle de jodida?". "¡Pues para buscar trabajo, huevón!" le grito mientras me alejo.
¿Así, o más? Sí, se supone que existe una sección en el reglamento de tránsito (o en alguno de los códigos, o algo así) en el que se supone que puedes denunciar a estos cabrones para que los policías les pongan un alto... Siendo realista: ni tenía tiempo de poner la denuncia (en cada uno de los casos perder tiempo habría sido fatal) ni los polis habrían hecho otra cosa que sacarles un pedo y una mordida, y a la siguiente vez que quisiera yo pasar por esos cruces... bueno, mejor ni me lo imagino. En fin, que sobrevivo en la misma ciudad que ellos, pero si algún día los fotonizan, creo que aplaudiré. Intolerante, ¿y qué?
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19.9.06
Forever young vs. Momias sociales
Forever young
¡Esto es todo un síndrome! Estoy segura, segurísima, de que todos conocemos al menos a un cuate que se instala en esta particular postura ante la vida. Es justo esa persona que siempre anda de fiesta, que sale de antro miércoles, jueves, viernes y sábado, que siempre anda buscando a los amigos para saber "qué plan hay"; que puede no tener un trabajo muy satisfactorio, pero le da suficiente tiempo libre y un poco de dinero para seguir su vida social.
Mi caso más memorable es el Tío S, el mejor amigo de mi padre: un señor soltero, de más de treinta, amigo de tragos de todos sus amigos casados, el tío favorito de sus sobrinos, dedicado a los coches, las fiestas y las salidas sin futuro con chavas que cada vez se acercaban más a mi edad... Soy testigo de que para él el lema "antes muerto que maduro" fue un estilo de vida. Hace dos años murió, a los cincuentaytantos, soltero, querido por mucha gente, pero con un estilo de vida idéntico al de mi hermano el Z-nat, con la ligera diferencia de que mi manito es más chico que yo.
Bueno, el Z-nat decidió seguir el ejemplo del tío, y al ritmo de "hay cosas más importantes que el dinero y el trabajo" seguirá viviendo en casa de mis padres hasta que se aburran y lo corran, o él los corra a ellos a un asilo, lo que ocurra primero. Tiene tres o cuatro trabajitos eventuales, siempre tiene cuates que lo pueden invitar, él lleva el coche y toma poco para ser el "conductor resignado" y regresa de las fiestas a las 6 de la mañana. Tiene 24.
T es un caso similar. Es una chava de mi edad, pero con la diferencia de que ella no nació viejita. Toma clases de todo tipo de cosas, y siempre está llamando para saber qué plan tenemos o para invitarnos al plan, que generalmente consiste en ir a hacer fila para entrar al antro más concurrido de la Condesa, en donde seguro estaremos apretados, disfrutando el ruido y bebiendo una cerveza igualita a las que hay en mi refri, pero tres veces más cara. Tiene planes de viernes, sábado y domingo, y normalmente tres planes para cada día, y se puede lanzar consecutivamente a uno y a otro.
El gran problema es, sencillamente, que se niegan a que la gente a su alrededor madure. Cuando uno crece, los intereses cambian, las parejas empiezan a aparecer, los amigos necesitan hacer otras cosas, ya no todos tienen el aguante para chutarse tres fiestas en un día y todavía quedar frescos para el desayuno del día siguiente. Los miembros del club "Forever young" le embarran a todos sus cuates que "se están volviendo viejos", que "son unos mandilones" o que "se están amargando". Lo cierto es que parece que les gana el miedo a transformarse en habitantes de la otra categoría:
Las Momias Sociales
Susanita, la de Mafalda, es el perfecto ejemplo de una momia social en formación. Ese supuesto de "normalidad" que da el "nacer, crecer, reproducirse y morir", que se ha ido transformando en un retahíla del tipo "estudia-trabaja-compra coche-consigue pareja formal-compra casa-cásate-ten hijos-mándalos a la escuela-fórmalos para ser empleados excelentes-retírate-empieza a ser feliz a los 60-muérete" y que muchos de mis compañeros generacionales han abrazado con ganas...
Mi Bro, el mejor amigo que pude tener cuando estudié administración y uno de los escritores más talentosos que conozco, fue picado por este bicho. Para él la vida fuera de la nómina resultaría peor que la vida fuera de la atmósfera, y se casará pronto porque (además de que ama a su mujer, vaya que sí, 5 años deben demostrar algo más que aguante o al menos eso deseo) "eso es lo que hay que hacer". Recuerdo que cuando estábamos por terminar la carrera y platicábamos sobre dedicarnos a nuestro sueño de escribir, él me decía: "es que tú tienes más chance que yo, yo tengo que mantener a una familia". Este es el punto en donde debo decir que en ese preciso instante, mi Bro todavía ni conocía a su futura esposa...
Las momias sociales se acostumbran a un trabajo estable, una vida estable, una familia estable, pagan sus cuentas a tiempo, se angustian con el fin de mes y las colegiaturas, y cuando cumplen cuarenta se compran un deportivo rojo o un auto de lujo y andan persiguiendo mujeres más buenonas que las suyas... O bien son mujeres tranquilas, que dejan de trabajar cuando llega el primer hijo, tienen otro, cuidan la casa, venden por catálogo entre sus amigas y vecinas, cotillean y ven la tele por las tardes, hasta que se dan cuenta de que desde que tenían un novio que no saben lo que es un orgasmo (o tal vez nunca lo supieron).
El miedo a convertirse en momias impulsa a los jóvenes eternos hacia el otro extremo de la escala. Las momias, por su parte, se consideran gente respetable, famas, pues.
Ah, y estamos lo que sólo somos raros.
Y yo, por mi parte, le tengo miedo a ambas categorías...
¡Esto es todo un síndrome! Estoy segura, segurísima, de que todos conocemos al menos a un cuate que se instala en esta particular postura ante la vida. Es justo esa persona que siempre anda de fiesta, que sale de antro miércoles, jueves, viernes y sábado, que siempre anda buscando a los amigos para saber "qué plan hay"; que puede no tener un trabajo muy satisfactorio, pero le da suficiente tiempo libre y un poco de dinero para seguir su vida social.
Mi caso más memorable es el Tío S, el mejor amigo de mi padre: un señor soltero, de más de treinta, amigo de tragos de todos sus amigos casados, el tío favorito de sus sobrinos, dedicado a los coches, las fiestas y las salidas sin futuro con chavas que cada vez se acercaban más a mi edad... Soy testigo de que para él el lema "antes muerto que maduro" fue un estilo de vida. Hace dos años murió, a los cincuentaytantos, soltero, querido por mucha gente, pero con un estilo de vida idéntico al de mi hermano el Z-nat, con la ligera diferencia de que mi manito es más chico que yo.
Bueno, el Z-nat decidió seguir el ejemplo del tío, y al ritmo de "hay cosas más importantes que el dinero y el trabajo" seguirá viviendo en casa de mis padres hasta que se aburran y lo corran, o él los corra a ellos a un asilo, lo que ocurra primero. Tiene tres o cuatro trabajitos eventuales, siempre tiene cuates que lo pueden invitar, él lleva el coche y toma poco para ser el "conductor resignado" y regresa de las fiestas a las 6 de la mañana. Tiene 24.
T es un caso similar. Es una chava de mi edad, pero con la diferencia de que ella no nació viejita. Toma clases de todo tipo de cosas, y siempre está llamando para saber qué plan tenemos o para invitarnos al plan, que generalmente consiste en ir a hacer fila para entrar al antro más concurrido de la Condesa, en donde seguro estaremos apretados, disfrutando el ruido y bebiendo una cerveza igualita a las que hay en mi refri, pero tres veces más cara. Tiene planes de viernes, sábado y domingo, y normalmente tres planes para cada día, y se puede lanzar consecutivamente a uno y a otro.
El gran problema es, sencillamente, que se niegan a que la gente a su alrededor madure. Cuando uno crece, los intereses cambian, las parejas empiezan a aparecer, los amigos necesitan hacer otras cosas, ya no todos tienen el aguante para chutarse tres fiestas en un día y todavía quedar frescos para el desayuno del día siguiente. Los miembros del club "Forever young" le embarran a todos sus cuates que "se están volviendo viejos", que "son unos mandilones" o que "se están amargando". Lo cierto es que parece que les gana el miedo a transformarse en habitantes de la otra categoría:
Las Momias Sociales
Susanita, la de Mafalda, es el perfecto ejemplo de una momia social en formación. Ese supuesto de "normalidad" que da el "nacer, crecer, reproducirse y morir", que se ha ido transformando en un retahíla del tipo "estudia-trabaja-compra coche-consigue pareja formal-compra casa-cásate-ten hijos-mándalos a la escuela-fórmalos para ser empleados excelentes-retírate-empieza a ser feliz a los 60-muérete" y que muchos de mis compañeros generacionales han abrazado con ganas...
Mi Bro, el mejor amigo que pude tener cuando estudié administración y uno de los escritores más talentosos que conozco, fue picado por este bicho. Para él la vida fuera de la nómina resultaría peor que la vida fuera de la atmósfera, y se casará pronto porque (además de que ama a su mujer, vaya que sí, 5 años deben demostrar algo más que aguante o al menos eso deseo) "eso es lo que hay que hacer". Recuerdo que cuando estábamos por terminar la carrera y platicábamos sobre dedicarnos a nuestro sueño de escribir, él me decía: "es que tú tienes más chance que yo, yo tengo que mantener a una familia". Este es el punto en donde debo decir que en ese preciso instante, mi Bro todavía ni conocía a su futura esposa...
Las momias sociales se acostumbran a un trabajo estable, una vida estable, una familia estable, pagan sus cuentas a tiempo, se angustian con el fin de mes y las colegiaturas, y cuando cumplen cuarenta se compran un deportivo rojo o un auto de lujo y andan persiguiendo mujeres más buenonas que las suyas... O bien son mujeres tranquilas, que dejan de trabajar cuando llega el primer hijo, tienen otro, cuidan la casa, venden por catálogo entre sus amigas y vecinas, cotillean y ven la tele por las tardes, hasta que se dan cuenta de que desde que tenían un novio que no saben lo que es un orgasmo (o tal vez nunca lo supieron).
El miedo a convertirse en momias impulsa a los jóvenes eternos hacia el otro extremo de la escala. Las momias, por su parte, se consideran gente respetable, famas, pues.
Ah, y estamos lo que sólo somos raros.
Y yo, por mi parte, le tengo miedo a ambas categorías...
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