Me gustaría aprender a escuchar a mi cuerpo:
Comer cuando tengo hambre
Dormir cuando tengo sueño
Caminar (o no) con rumbo a mi destino
Llorar cuando no tenga más remedio
Reír cuando el pecho me revienta en trizas.
Pero pasa que me encuentro disociada
y me encuentro escribiendo cuando habría que llorar
gritando cuando habría que callar
sonriendo cuando una serpiente me muerde por dentro
conservando el aliento cuando el vértigo avanza
fingiendo ser navaja cuando soy sólo nada.
11.12.09
25.10.09
Es fácil...
Es más fácil no volver a escribir. Es fácil negarse al dichoso vicio, a la vocecita esta que insiste en tomar la pluma, el teclado, la libreta. Es más fácil admitir que no hay tiempo, que estás muy cansado, que necesitarías ponerle más dedicación que la que te dejan las múltiples tareas cotidianas.
Es mucho más fácil negarte, volcarte en el twitter, decir que no estás inspirado y que la verdad, la verdad, que escribas o que no da exactamente lo mismo. Total, el tiempo que no le dedicas a las letras se lo puedes dedicar al trabajo, a los amigos, a la familia, a ver películas, a lo que sea.
Y sin embargo, aquí vienes de nuevo, a martillar el teclado, a dedicarle unos minutos a la obsesión que crees que te alimenta. Ilusa tú. Ya deja de escribir, abandónalo todo.
(Neh, nunca fui obediente a las ordenes de la realidad. Menos ahora...)
Es mucho más fácil negarte, volcarte en el twitter, decir que no estás inspirado y que la verdad, la verdad, que escribas o que no da exactamente lo mismo. Total, el tiempo que no le dedicas a las letras se lo puedes dedicar al trabajo, a los amigos, a la familia, a ver películas, a lo que sea.
Y sin embargo, aquí vienes de nuevo, a martillar el teclado, a dedicarle unos minutos a la obsesión que crees que te alimenta. Ilusa tú. Ya deja de escribir, abandónalo todo.
(Neh, nunca fui obediente a las ordenes de la realidad. Menos ahora...)
13.10.09
Viaje disolvente
Hacía años que no viajaba tanto en un mes. Estoy redescubriendo cómo afecta eso mi sentido de la pertenencia y la permanencia, cómo modifica y moviliza cosas en mí que a veces no tengo idea de qué son.
Estoy por primera vez en años a Monterrey. Admito que extraño en cierta medida esa ciudad que tan bien llegué a conocer después de terminar atrapada en ella en más de una ocasión. Extrañaba el clima estrafalario que es calurosísimo y después lluvioso y a los 15 minutos helado y luego lluvioso de nuevo...
Esta ciudad fue el hábitat de bitterberri más que ningún otro lugar. Fue en una salita de computadoras del hotel más socorrido por mí en ese entonces que bitter se hizo conocida, empezó a interactuar con el mundo y que adquirió un rostro y una personalidad. Monterrey pudo haberse transformado en mi ciudad si las cosas con la Agencia del Mal no hubieran ido de mal a peor a terrible progresivamente.
Recuerdo que cuando inauguraron las nuevas oficinas aquí, yo había venido a una presentación de resultados y, sin deberla ni temerla, me tuve que quedar un día más, sin una muda de ropa, en el hotel pederísimo en el que se hospedaba el director general. Recuerdo la semana aquella en que se cayeron las sesiones porque llovió y tuve que esperar 3 días más, con ropa de otoño chilango en pleno invierno regio.
También recuerdo la sensación triunfal de la primera presentación de resultados, y nuestro festejo con museo y cabrito. La mejor comida de ese año en el Pangea. Hacerme de una rutina que incluía nadar, hacer caminadora y después salir a caminar al centro. Aprender a moverme en metro y llegar así hasta el Parque Fundidora. Recorrer la Macroplaza, el museo de historia mexicana, el marco. Las citas de trabajo que duraban todo un día. La oficina en la que nadie esperaba mi regreso.
Ahora estoy en un hotel que probablemente no existía la última vez que vine; trabajé en una salas que con toda certeza tampoco existían cuando trabajé aquí. "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos". Me asombra tanto mi soledad de aquel entonces, esa libertad infinita que me daba tener un único lazo afectivo no tan fuerte con el mundo. Esa época de mi vida en la que todo sonaba posible. Mi último episodio depresivo menor (al menos suficientemente fuerte como para acabar en terapia por primera vez).
No tener conciencia de mi soledad me daba alas. Ahora esa misma soledad me produce miedo, nostalgia, compasión. Esa extraña que no tenía ni un gato, que vivía sola en la ciudad, sin otra liga emocional que dos amigos cercanos que sin embargo tenían una vida con su propio ritmo (finalmente acabaría por separarlos). Quisiera pasar una semana en Monterrey, como entonces, pero al mismo tiempo me aterra pasar tanto tiempo lejos de R, de los gatos, de T y de N y de Pixel y de P y de E y de tantas otras iniciales que se le han añadido a mi vida en los últimos tiempos...
Viajar me libera, pero me disuelve tambien un poco, como si fuese azúcar que se dipersa al entrar en contacto con el agua. Esa persona que sólo existe en los aeropuertos y que no soy exactamente yo me espera dentro de la maleta, me recuerda que tuve un galán aeronáutico, y ahora que soy más bien terrestre escucho el tren pasar frente a mi habitación de hotel.
Son otros tiempos, definitivamente. Otros tiempos, otras personas, otras causas y efectos, otro azar el que me trae de nuevo aquí —y a la vez no—. Sigo siendo yo, mi maleta, un boleto de avión de ida y vuelta, una reservación de hotel, la cama enorme que no me dice nada, nadie a quien tocar durante un par de días. Regresar a mi vida habitual se siente un poco más como resurrección y menos como éxodo. Tal vez es que viajar activa mis genes deambulantes: Sara, Zoraida, esa mujer que camina en mi sangre desde siempre jamás y no se para por nada ni por nadie (ni por mí).
Estoy por primera vez en años a Monterrey. Admito que extraño en cierta medida esa ciudad que tan bien llegué a conocer después de terminar atrapada en ella en más de una ocasión. Extrañaba el clima estrafalario que es calurosísimo y después lluvioso y a los 15 minutos helado y luego lluvioso de nuevo...
Esta ciudad fue el hábitat de bitterberri más que ningún otro lugar. Fue en una salita de computadoras del hotel más socorrido por mí en ese entonces que bitter se hizo conocida, empezó a interactuar con el mundo y que adquirió un rostro y una personalidad. Monterrey pudo haberse transformado en mi ciudad si las cosas con la Agencia del Mal no hubieran ido de mal a peor a terrible progresivamente.
Recuerdo que cuando inauguraron las nuevas oficinas aquí, yo había venido a una presentación de resultados y, sin deberla ni temerla, me tuve que quedar un día más, sin una muda de ropa, en el hotel pederísimo en el que se hospedaba el director general. Recuerdo la semana aquella en que se cayeron las sesiones porque llovió y tuve que esperar 3 días más, con ropa de otoño chilango en pleno invierno regio.
También recuerdo la sensación triunfal de la primera presentación de resultados, y nuestro festejo con museo y cabrito. La mejor comida de ese año en el Pangea. Hacerme de una rutina que incluía nadar, hacer caminadora y después salir a caminar al centro. Aprender a moverme en metro y llegar así hasta el Parque Fundidora. Recorrer la Macroplaza, el museo de historia mexicana, el marco. Las citas de trabajo que duraban todo un día. La oficina en la que nadie esperaba mi regreso.
Ahora estoy en un hotel que probablemente no existía la última vez que vine; trabajé en una salas que con toda certeza tampoco existían cuando trabajé aquí. "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos". Me asombra tanto mi soledad de aquel entonces, esa libertad infinita que me daba tener un único lazo afectivo no tan fuerte con el mundo. Esa época de mi vida en la que todo sonaba posible. Mi último episodio depresivo menor (al menos suficientemente fuerte como para acabar en terapia por primera vez).
No tener conciencia de mi soledad me daba alas. Ahora esa misma soledad me produce miedo, nostalgia, compasión. Esa extraña que no tenía ni un gato, que vivía sola en la ciudad, sin otra liga emocional que dos amigos cercanos que sin embargo tenían una vida con su propio ritmo (finalmente acabaría por separarlos). Quisiera pasar una semana en Monterrey, como entonces, pero al mismo tiempo me aterra pasar tanto tiempo lejos de R, de los gatos, de T y de N y de Pixel y de P y de E y de tantas otras iniciales que se le han añadido a mi vida en los últimos tiempos...
Viajar me libera, pero me disuelve tambien un poco, como si fuese azúcar que se dipersa al entrar en contacto con el agua. Esa persona que sólo existe en los aeropuertos y que no soy exactamente yo me espera dentro de la maleta, me recuerda que tuve un galán aeronáutico, y ahora que soy más bien terrestre escucho el tren pasar frente a mi habitación de hotel.
Son otros tiempos, definitivamente. Otros tiempos, otras personas, otras causas y efectos, otro azar el que me trae de nuevo aquí —y a la vez no—. Sigo siendo yo, mi maleta, un boleto de avión de ida y vuelta, una reservación de hotel, la cama enorme que no me dice nada, nadie a quien tocar durante un par de días. Regresar a mi vida habitual se siente un poco más como resurrección y menos como éxodo. Tal vez es que viajar activa mis genes deambulantes: Sara, Zoraida, esa mujer que camina en mi sangre desde siempre jamás y no se para por nada ni por nadie (ni por mí).
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15.9.09
El país de los cínicos
(Había yo prometido que no me iba a meter en política nunca, jamás, en un blog. Pero la verdad es que ya me cansé de sentir tanta indignación y sólo echársela encima a mi marido. Ahí les voy)
"El gobierno no puede vivir en la ficción" Gran frase. Sobre todo viniendo de personajes que ganan más de 100 mil pesos al mes, sin contar las prestaciones y beneficios adicionales (choferes, seguridad, gastos reembolsables).
Señores: el gobierno YA VIVE en la ficción. Cualquiera que gane un sueldo de ese tamaño y crea que un salario mínimo da para vivir, YA ESTÁ en un país que para el resto de nosotros (los que nos tronamos los dedos para sacar las cuentas del mes, los que no tienen para salir adelante, por más que trabajen como locos, seis dias por semana, diez horas al día) no existe. Y nosotros tampoco existimos para ellos.
¿No se da cuenta Carstens que lo que dice es una muestra de su gran, gordo y abundante cinismo? ¿Deveras cree él que es necesario que los secretarios de estado (como él) ganen lo que ganan? No es necesario eliminar puestos de trabajo de la base (su amenaza): Lo que es realmente necesario es que los cínicos, zánganos que viven de nuestro presupuesto, ganando más de 100 mil en un mes, hagan un acto de contricción y sean menos descarados.
¿Por qué no han recortado sus sueldos, las dietas de los diputados y senadores, sus gastos personales reembolsables? Porque han sido, son y seguirán siendo unos cínicos. Ya basta.
"El gobierno no puede vivir en la ficción" Gran frase. Sobre todo viniendo de personajes que ganan más de 100 mil pesos al mes, sin contar las prestaciones y beneficios adicionales (choferes, seguridad, gastos reembolsables).
Señores: el gobierno YA VIVE en la ficción. Cualquiera que gane un sueldo de ese tamaño y crea que un salario mínimo da para vivir, YA ESTÁ en un país que para el resto de nosotros (los que nos tronamos los dedos para sacar las cuentas del mes, los que no tienen para salir adelante, por más que trabajen como locos, seis dias por semana, diez horas al día) no existe. Y nosotros tampoco existimos para ellos.
¿No se da cuenta Carstens que lo que dice es una muestra de su gran, gordo y abundante cinismo? ¿Deveras cree él que es necesario que los secretarios de estado (como él) ganen lo que ganan? No es necesario eliminar puestos de trabajo de la base (su amenaza): Lo que es realmente necesario es que los cínicos, zánganos que viven de nuestro presupuesto, ganando más de 100 mil en un mes, hagan un acto de contricción y sean menos descarados.
¿Por qué no han recortado sus sueldos, las dietas de los diputados y senadores, sus gastos personales reembolsables? Porque han sido, son y seguirán siendo unos cínicos. Ya basta.
Categorías:
cuestión de principios,
en el país del nunca jamás
10.9.09
Centavo a centavo
Para no variarle, muchas cosas. Entre ellas, que me estoy dando cuenta del enorme bien que me hace haberme clavado en un proceso intenso de autoconocimiento. En segunda, que este proceso esté ocurriendo de múltiples maneras, con diferentes participantes y perspectivas. La tercera es muy intensa: no podría hacerlo sin los grupos en los cuales trabajo. Tanto mis compañeras en la terapia (donde todas tenemos una guía hacia la cual mirar) como mis compañeros en la capacitación del instituto son, en gran medida, copartícipes de muchos de los centavos que me han caído, me caen y seguramente me estarán cayendo en fechas próximas.
No sé. Como que remover los fantasmas del pasado desde una perspectiva más clara, más inteligente, menos solitaria, ayuda. Es increíble saber que a alguien más también le salvó la vida Frankl y su sutil pregunta "¿Por qué no te has matado?"; que no soy la única con ciertas fobias (y filias), que mis obsesiones son, en algunos de los casos, compartidas (y en los mejores, hasta útiles resultan para alguien).
Estoy aprendiendo a estirar mis límites. Es curioso no saber en este preciso momento de mi vida hacia dónde me llevará esto, pero empiezo a descubrir rutas que no recordaba, o que consideraba clausuradas, o de pronto descorrer la neblina y distinguir —justo en ese rincón que ya había olvidado— otra posibilidad.
Estoy intensita. Admito que este post sólo tiene la intención de servirme de descarga emocional, de vertedero de ideas que me están dando vueltas y, que si no escribo, no me dejarán dormir (lo sé, las conozco). Creo que el cierre del ciclo de la certificación en consejería se está transformando en un catalizador para cerrar muchas cosas que no estaban bien puestas, acomodar empaques y válvulas, ver que necesita esta maquinaria para funcionar más y mejor en todos los sentidos.
Conocerme más (y poner ese conocimiento en función de tener la posibilidad de hacer algo por otros) está resultando una aventura bastante digna. También, es cierto, este cierre es la materialización de la posibilidad de tener parte de mi vida y tiempo de regreso: he dejado dos o tres o diez proyectos y amistades colgados, por falta de iempo y energía. Me siento, exactamente, como un resorte en su punto máximo de compresión: a punto de entrar en una expansión enloquecida que terminará en muchos, muchos saltos. Ya veremos en dónde reboto y hasta dónde llego (creo).
No sé. Como que remover los fantasmas del pasado desde una perspectiva más clara, más inteligente, menos solitaria, ayuda. Es increíble saber que a alguien más también le salvó la vida Frankl y su sutil pregunta "¿Por qué no te has matado?"; que no soy la única con ciertas fobias (y filias), que mis obsesiones son, en algunos de los casos, compartidas (y en los mejores, hasta útiles resultan para alguien).
Estoy aprendiendo a estirar mis límites. Es curioso no saber en este preciso momento de mi vida hacia dónde me llevará esto, pero empiezo a descubrir rutas que no recordaba, o que consideraba clausuradas, o de pronto descorrer la neblina y distinguir —justo en ese rincón que ya había olvidado— otra posibilidad.
Estoy intensita. Admito que este post sólo tiene la intención de servirme de descarga emocional, de vertedero de ideas que me están dando vueltas y, que si no escribo, no me dejarán dormir (lo sé, las conozco). Creo que el cierre del ciclo de la certificación en consejería se está transformando en un catalizador para cerrar muchas cosas que no estaban bien puestas, acomodar empaques y válvulas, ver que necesita esta maquinaria para funcionar más y mejor en todos los sentidos.
Conocerme más (y poner ese conocimiento en función de tener la posibilidad de hacer algo por otros) está resultando una aventura bastante digna. También, es cierto, este cierre es la materialización de la posibilidad de tener parte de mi vida y tiempo de regreso: he dejado dos o tres o diez proyectos y amistades colgados, por falta de iempo y energía. Me siento, exactamente, como un resorte en su punto máximo de compresión: a punto de entrar en una expansión enloquecida que terminará en muchos, muchos saltos. Ya veremos en dónde reboto y hasta dónde llego (creo).
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decisiones trascendentes,
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