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14.1.13

De tu ausencia

Estás, y de repente ya no. Y entonces toca aprender a vivir con la certeza de que no te voy a ver ni en sueños. Así es: desde que ocurrió la pesadilla, los sueños se esfumaron. Paso noches en negros absolutos. Duermo bien, es cierto, pero lo hago con el sueño de las piedras. Perros, gatos, amigos, marido. Todo me acompaña, pero está ese espacio. Mind the gap. Y con que cara si ni soy tu hermana, ni tu exnovia, ni tu mejor amiga, ni te conocía de hace años. Poco más de 450 días me bastaron para darte por supuesto en mi vida, para que te transformaras un poco en una razón más para ver el mundo con buenos ojos. Para creer que tenía el derecho de quererte como se quiere a los que son tú mismo, aquellos que te completan y te complementan.


Me estoy ahogando un poco. Quiero ayudar a todo mundo a cargar con sus ausencias, pero hay horas y días en los que inevitablemente me dueles. No sólo me dueles en mí; me dueles en tu mejor amigo, que no duerme por miedo a tener pesadillas iterativas; me dueles en la novia que dejaste aquí y que no entiende por qué en un mes creyó ser tan feliz y luego perdió todo un proyecto de vida. Me oigo diciéndote que fueras responsable con los planes que hacías con ella... No me refería a esto, no a este hueco que trato de llenar con lecturas y películas y meditación y un nuevo perro viejo y trabajo.

No me puedo sentar todavía en el sillón de casa de mi amiga. Coloco la cabeza en el respaldo y nos recuerdo recargados uno en el otro, mientras te digo que la vida me debía un hermano (además del que tengo) y me pagó contigo. Y luego, menos de dos meses después, corte a negros. Y me trago las lágrimas que no dejo que nadie vea. Porque mi marido, tu mejor amigo, me necesita entera y mi tristeza se lo come vivo; porque los amigos no alcanzan para sostenerme, porque no logro concentrarme en el trabajo pero finjo que sí para seguir teniendo un motivo para escapar de casa. Porque me muero de ganas de volver a ser feliz aunque no estés, pero cada que lo soy te extraño tanto... 



9.10.11

Obsesividades y compulsiones

No sé si pase en la vida de todos, pero al menos la mía se rige por ciclos. Su duración siempre es indefinida, pero puedo sentir claramente cuando uno se abre y otro se cierra. Los últimos han sido brutales, no a un nivel externo (el exterior se mantiene más o menos en el mismo estado siempre, aunque mi cabello tiende a dar cuenta de ello) sino interno.

Sí. Los últimos quiebres de ciclo me han dado para cuestionarme otra vez quién diablos soy, quien diablos creo que soy, qué hago y por qué lo hago... Generalmente termino los ciclos con muchas más preguntas que respuestas, pero también con una serenidad de espíritu que característicamente pierdo en la temporada previa a cada cierre.

El post anterior lo escribí justo en la mitad del nadir del ciclo (que es lo mismo que decir "el cenit de la crisis"). Esa pregunta que se revuelve obsesivamente sobre de mis acciones actuales y procura ayudarme a llevar la cuenta de si soy la persona que espero ser. El inicio de esa crisis me marcó: demasiado enojo acumulado, demasiada paciencia encubriendo la ira; mucha frustración, descubrir una vez más que repetí el karma (desentendiéndome de mi propio compromiso con evitar esa misma historia que pasa ya por tercera vez en mi vida). El dolor de sentir el corazón roto, saberme usada y tener muy claro que fui yo quien lo decidió y lo permitió así.

Hace ya un rato que abandoné la terapia. El grupo en el que estuve y yo no funcionábamos mutuamente: soy malísima tomando la palabra por asalto, si los demás necesitan hablar tiendo a escuchar; soy, definitivamente, bien educada para los estándares de 1920. Eso —como bien me hacía notar la terapeuta cuando podía— ocurre también afuera: hablo mucho de lo que no importa, pero lo que realmente me angustia, me preocupa, me obscurece, puede quedarse en mi interior por siempre jamás.

Sin embargo, hace un par de meses empecé a ir a grupos de constelaciones familiares. Se han movido montones de cosas, en diferentes órdenes. Recordé, de pronto, el terror que tenía de ser vulnerable a cualquier cosa durante la adolescencia (y el maravilloso papel que jugó mi mejor amiga en romper esa coraza). Caí en cuenta de que acumulo demasiadas cosas —otra vez usando la frase de manera totalmente polisémica— y que tengo que dejar ir para poder mantener la salud; que tengo que atreverme a abrir las zonas cerradas antes de que sea demasiado tarde... También de mi propio comportamiento compulsivo, de mi fragilidad emocional. De lo rota que estaba.

Empiezo la batalla de recuperar la salud mental, sin muletas esta vez, y me doy cuenta de que muchas dinámicas en las que estoy metida son todo menos sanas. De pronto me doy cuenta de que hace meses que no me tomo el tiempo de ir al cine, que salgo con los amigos mucho menos de lo que me gustaría (significativamente menos que hace 6 meses). Que tengo 5 animales a los que veo, en promedio, 1 hora al día. Que ya no escribo (y eso, cuando sabes que estás construido de palabras, es dolorosísimo). Que, con todo lo que me dolió no tener materia este trimestre, tampoco sé cómo habría hecho para sobrevivir lo que estoy pasando y dar clases a la vez.

Me apasiona mi trabajo, y en estos días he recibido varios comentarios con respecto a que se nota. Sin embargo, creo que ya dejé atrás la edad en la que eso me hacía tener la capacidad de trabajar 65 o más horas a la semana en él. Recuerdo la época que documenté en correos electrónicos dirigidos a mis amigos (era pre-facebook), cuando estaba tan enfrascada aprendiendo a hacer lo que amo y renunciando a estudiar lo que me apasionaba, que no podía ver a nadie. No puedo evitar recordar lo deprimida que salí de aquella temporada, aunque estaba feliz y orgullosa de lo que había hecho, también sé que estaba tan agotada que pude haberme dedicado a cualquier otra cosa con tal de recuperar mi vida y mi dignidad.

También caí en la cuenta de que llevo al menos 6 meses apostando a que las cosas cambien para bien, pero que al mismo tiempo no estoy nada segura de que esa esperanza sea real o tenga fundamento alguno. Al contrario, cada paso que doy hacia el frente se pone más oscuro. Quiero creer que las señales que leo son ciertas, que amanecerá después de esto. Pero tengo que empezar a asumir mi miedo de estar equivocada, y mi necesidad de hablar esto con quien sea que pueda hacer algo.

Creo que bastaron dos ataques de ansiedad en una sola semana, dos o tres clientes que necesitan demasiada atención, cuatro o cinco cosas que se han atendido poco menos que a medias por culpa de la prisa, de lo urgente que le roba tiempo a lo importante, de descubrir que 20 horas al día, 5 días a la semana ya no me bastan (y que mi cuerpo, mi mente y mi espíritu están cansados de intentar darlos). Que hace meses que no trabajo los fines de semana y que mi mente y mi cuerpo se rebelan cuando intento (o necesito) hacerlo.

Este post no cae en la categoría "decisiones trascendentes". No hay más decisión tomada que la de poner un límite. Uno solo. Chiquito. Si funciona o no funciona... de ahí sí que vendrán decisiones interesantes. En realidad, este post es sólo una descarga que me deja libre para poder trabajar en lo que me urge terminar, sin pretextos, para el lunes. Un suspiro después, justo al terminar de alimentar esta flamita incipiente de rebelión, seguiré con las urgencias. Espero, por mi bien, que por la penúltima vez.

23.6.10

Retazos

Aparecen de pronto. Generalmente, cuando estoy cansada, tuve un día pesado o simplemente traigo cargando una depresión que me niego a tratar en terapia (llevo casi un mes prófuga, sólo porque siento que esto no es algo de lo que pueda hablar, porque el grupo no acaba de ser lo mío, ay, chin, ya lo dije, lo siento). Son esos trozos de pasado sin resolver que se quedan atorados, como los jirones de ropa que la protagonista de la película deja atorados en las espinas de los arbustos mientras huye por el bosque —y que después servirán para rastrearla.

De repente me llegan correos de gente a la que hace tanto que no veo que ya no sé cómo hacerle para iniciar una conversación con ellos (sí, me casé, qué pena que no fueron a la boda, no, no planeamos tener hijos en los próximos 20 años, por cierto, qué grandes están los tuyos, sí, sigo trabajando en lo mismo, me voy a comprar un nuevo celular, ¿sabes?); o me manda mensajes la amiga a la que corte hace dos años por inequitativa (mucho escuchar sus broncas siempre iguales, muy poco acompañarme) y que parece que no se ha dado cuenta de que la desaparecí, de un plumazo, después de casi 10 años de estar ahí para ella.

Eso se me da bien: desaparecer. Tengo cierto talento para salir de la vida de la gente, con un portazo o similares; a veces basta sólo un discreto deslizarme por entre las piernas de izquierda actor y puf, no hay más de mí. Me inquieta mi capacidad para cortar lazos, para dejar ir, para esfumarme, un poco como esos personajes de Auster que un día, sin más, deciden dejar atrás lo que conocen, a quién conocen, y empezar (o no) en otro sitio.

He soltado amarras tantas veces, de tantos puertos, que cuando regreso y descubro que lo que dejé ya no existe, que las cosas han cambiado, han crecido o desaparecido, no puedo evitar una sensación de pérdida que generalmente tendría que haber estado ahí la primera vez (pero nunca estuvo). Hacer de stalker en las fotografías de alguien a quien también, desincorporé (y de quien me desincorporé), leer sus historias, descubrir que sus tumbos siguen estando ahí y que —de algún extraño modo— me encantaría enterarme de ellos de primera mano, pero al mismo tiempo ya no quiero regresar...

Mi cabeza tiene muy claro por qué me fui en cada caso. En algunos, el corazón me traiciona y le da por extrañar, inclusive (a veces, sólo en ciertas ocasiones) a quienes me lastimaron profundamente. Ese vivir del pasado, de las emociones que estuvieron y que ya no están, me tiene totalmente tarada a últimas fechas. Es como si no pudiera con mi presente y me muriera de ganas de regresar a mi historia conocida, a ese hipotético tiempo en donde debí de haber sido más feliz (o eso parece que creo, ignorando el dolor, las costras, los raspones y esas otras cosas).

Ya no estoy para ser la figurante que traté de ser; ya tampoco estoy para ser la súper intelectual, la ilusa enamorada de Ícaro, la ingenua y entusiasta estudiante de comunicación, la freelance que luchaba por sobrevivir por si misma en la ciudad, la mujer que coleccionaba corazones rotos por consigna. Quisiera (quiero) ser capaz de vivir en mi momento, este presente en donde soy profesora, comunicóloga, diseñadora sin talento, esposa, propietaria/roomate de 2 gatos y un perro, amiga de mis amigos (por recientes que sean). Quiero ser capaz de mantener mis lazos presentes, sin atorarme en los retazos que perdí en la huida que emprendí para dejar de ser quien era y empezar a ser quien soy (qué complicado y paradójico)...

Pinches neurosis.

21.5.10

The smol picshur

Estoy convencida de que toda crisis trae implícita su oportunidad de crecimiento. También me gusta pensar que la vida es tan difícil como uno insiste en hacérsela (y tal vez, sólo tal vez, por eso tengo tan guardada a mi bitter tan querida y tan frecuentemente cínica y deprimida y ácida y demás). Así que la crisis de los 30 tiene aparejado el asunto de quién planeo ser el resto de mi vida, ahora que soy joven pero ya no "joven" sino "adulta".

Si en algo es cabrona la vida es en esto de los aterrizajes. Ahorita, de plano, me enfrasqué en unas buenas semanas de "Quién soy, qué hago aquí, a dónde voy y para qué" de no me chingues. Todo lo que se desató en enero y febrero se fue acomodando (de manera muy incómoda) en abril y lo que va de mayo. Lo peor fue la caída de veinte de que ya estoy muy vieja para niña prodigio (otra vez el fantasma de la soberbia, verde él, me persigue de cerca) pero que aún estoy joven como para decir "ya me acomodé y ya qué". La pregunta sabia de mi terapeuta fue: Ok, si ya te diste cuenta de todo lo que no vas a hacer, ¿qué sí quieres hacer? ¿En qué te ves?

Una de las respuestas está, por supuesto, en mis viernes por la noche. He sacrificado las salidas con amigos, dormir más, pasear temprano al perro y esas cosas (todas ellas buenas) por regresar a la docencia con alma de desesperada. Ahora, maestría. Mi materia, por supuesto. Lo primero que descubrí es lo mucho que me balancea dar clases, contra lo desbalanceada que me hace sentir a veces mi rutina cotidiana. Otra cosa es recordar la sensación de sobrevivir una semana entera haciendo todo lo demás que debe hacerse para dedicarle 2 horas maravillosas a lo que quiero hacer.

No es que mi identidad visible de día no sea entrete: es que tiene cosas que me gustan (analizar, sistematizar nuevas metodologías, integrar números e insights en un todo coherente) y cosas que de plano nomás me matan de a poquito (qué dramática, pero díganme si la felicidad está encerrada en hacer cotizaciones, presupuestos, registrar las horas laborales al día... bueno, a lo mejor la felicidad de alguien más sí, la mía —tristemente— no). Integrar esos dos lados en una semana de 5 dias, 9 o 10 horas por dia, se vuelve un desgaste tremendo.

He sido afortunada. Pasé de lamentarme a imaginar qué puedo hacer con los limones que me dio la vida (tengo un par de doses y no mucho más). Dejé de lamentarme por mi circunstancia inmediata, y me he colado en la circunstancia de los demás. Ahora estoy tratando de entender cuál es mi papel en la "big picshur", en vez de dar vueltas en círculos tratando de encontrar toda la satisfacción en el reducido espacio de mi cubículo laboral.

Está el instituto, está la docencia, está Olga. Están mis amigos, los libros (mis amigos los libros, también). Está un proyecto de vida quw quiero empezar a delinear, ojalá que con la ayuda de quienes están a la mano. Si no, habrá que autoayudarse sin libros de gurús de por medio. El único gurú que sigo es al que dijo la famosa frase:

El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y darle espacio.


Hay que dejar de hacerse infiernos, y empezar a construir en aquello que, a todas luces, no es infierno. No dejarme jalar a los infiernos particulares de otros. Y, como decía el buen mal poeta, "no salvarme".

Estoy toda llena de buenos propósitos para mí. A ver cuánto me duran, pero espero que suficiente como para que se note ;)

11.12.09

Me gustaría aprender...

Me gustaría aprender a escuchar a mi cuerpo:
Comer cuando tengo hambre
Dormir cuando tengo sueño
Caminar (o no) con rumbo a mi destino
Llorar cuando no tenga más remedio
Reír cuando el pecho me revienta en trizas.

Pero pasa que me encuentro disociada
y me encuentro escribiendo cuando habría que llorar
gritando cuando habría que callar
sonriendo cuando una serpiente me muerde por dentro
conservando el aliento cuando el vértigo avanza
fingiendo ser navaja cuando soy sólo nada.

29.5.09

Razones

La tesis, Galleta enferma de leucemia y luego de linfosarcoma y luego durmiendo en las raíces de un árbol hasta que las noches y los días y la duda nos alcancen, Rufino solísimo y mimoso, el final de la maestría, el final del diplomado, poco trabajo que se vuelve mucho por arte de magia, yet another course (ahora de consejería), la planeación y construcción y constitución del instituto de consejería, la casa, una que otra salida con amigos, amigos en crisis cerca y lejos, un escritorio en el que parece que ya no me siento nunca, mi primer artículo sobre cuestiones de trabajo (aunque escrito en forma anónima), las ya cotidianas angustias por dinero (crisis económica global, al fin), mi primer congreso AMAI (por lo pronto como público, espero que el próximo año como ponente), un cansancio extraordinario.

Falta otra semana más a este ritmo. Después, espero regresar a mi anormalidad habitual. Me choca no escribir teniendo tanto de qué hablar.

31.3.09

Bifasica

Mi asesor de tesis empieza a temer que el trabajo se trague mis letras. Yo creo que más bien es probable que estén entrando en un estado de latencia, igual que todas las enfermedades crónicas e incurables. No puedo dejar de escribir, ni aunque quiera. Mi vida entera está compuesta de letras e imágenes que luego se recomponen en historias. Qué importa si después no logro narrar todas esas pequeñas escenas que se conforman en mi cabeza conforme los días avanzan y las personas aparecen y desaparecen: la mujer con la que me crucé en la banqueta la tarde de ayer; el curioso sujeto de la librería que ya estaba ahí cuando llegué y seguía dando vueltas cuando yo me fui, sin detenerse, sin tener un libro entre las manos, sólo perdido entre los estantes.

Creo que estoy en "fase introvertida". Uno de los máximos descubrimientos derivados de mi rollo este con el análisis de temperamento, es que me muevo en la finísima línea que divide la introversión de la extroversión, y tengo temporadas en las que estoy clarísimamente de un lado, y otras en las que estoy evidentemente del otro. Mis fases extrovertidas casan con la participación en círculos de lectura, presentaciones en eventos de lectura de poesía (ja) y otras cosas así de demandantes. Por ahora, estoy concentrada en escuchar música, ir al diplomado, escuchar sin abrir la boca (ya sé que nadie lo imagina, pero sí: puedo estar en un salón de clases sin abrir la boca, sin preguntar miles de cosas, sin refutar), pensar muchísimo e idear, idear, idear.

Eso sí: estoy descubriendo un mundo de ideas que ya no sé si salen de mí o si me vienen de fuera, o si están a medio camino entre uno y otro lado, y yo sólo sirvo como el conector: cuando abro la boca, descubro que ideas muy complejas están acomodándose, tomando forma, configurando los siguientes pasos. Lo cierto es que disfruto ambos momentos de mi persona, y he aprendido a sentirme cómoda con mis ritmos y mi pellejo, en vez de sentirme rara por estar con ganas de leer, escuchar y callar... Falta que acostumbre a los demás a eso, ja.

He tenido un mes de trabajo intenso, con logros chidos (que no me imaginaba conseguir) y problemas curiosos (que tampoco imaginaba tener que resolver). También me topé con la repentina oportunidad de reconciliarme con una parte de mi pasado y, aunque no he actuado a ese respecto, lo cierto es que el sólo haberme planteado ciertas preguntas representa todo un avance en mi caso. Digamos que la ex víctima de bullying que todavía habita en un rincón de mi cabeza está asomando la nariz, para darse cuenta de que sus fantasmas son sólo eso, y que el mundo nunca va a ser tan peligroso de nuevo. Total, que me estoy reconciliando con mi adolescencia también, muy a título personal y sin necesidad externa. Cool.

Pero no todo es trabajo: disfrutar a los amigos, sobre todo a los vecinos, que nos han sido entrañables desde antes, y ahora que vivimos a 6 cuadras los unos de los otros, más. Rockear con amigos distintos cada vez, disfrutar las últimas desmañanadas de sábado con los de la maestría (ya nos urge acabar, dios mío, ya nos urge); ver a la familia, recibir al suegro de visita (y verlo por primera vez en 2 años). Planear (con cierta inminencia) un futuro común.

Ya me voy: cortesia de la gripe y el calor, me sangra la nariz incontrolablemente.

10.3.09

Viaje y de rebote

Fui a Guadalajara. Trabajé a ritmo de locos (lo cual no impide que también haya visto a D, el poeta, y que hayamos bebido y cenado y bebido y platicado mucho), leí un montón de cosas, comí una torta ahogada intrascendente (ay, qué coraje... debí de haber hecho caso de Chato y haberme comido un lonche, pero ya ni qué) y la única foto que me traje de allá fue la de las palmeras luminosas que decoran el Centro Magno.

Después de dos días, tomé otro avión y regresé a Culiacán después de tres años de ausencia. Recordé en el trayecto que justo hacía 3 años que había emprendido el juego de turista que acabó dejándome curada de espantos con las oficinas (y ya ven que volví a caer, ja). Culiacán ha crecido todavía más, aunque también se ha vuelto una ciudad más cara. Además, la señora del presidente tuvo el mal gusto de ir a un evento justo en el hotel en el que me hospedé... me revisaron la bolsa, la maleta, los prototipos y hasta las compras que llevaba.

No lo niego: sigo disfrutando muchísimo a la gente de allá. La mala noticia es que mi restaurante chino favorito ya es una mugre, pero el ceviche de camarón y los tacos Gobernador me hicieron el día. A la mañana siguiente (ya era jueves), a las 6 de la mañana, estaba tomando el taxi al aeropuerto. Pasé frente a la capilla de Malverde y no hice la señal de la cruz.

El avión salió a las 7, justo después de que yo comprara coricos y machaca y chilorio para mi gente. Llegué de regreso a las 10 de la mañana, donde me esperaba brillante (y por primera vez) mi marido. No cabe duda: la vida cambia. Después fue todo dormir un rato, llegar a la oficina, trabajar un poco más y recibir muchas preguntas: "¿Cómo te fue?" "¿Todo bien?" y la triunfal frase de mi jefe, que me hizo la semana, "se te echó en falta". Sí, la vida cambia, y uno trabaja en oficinas sólo cuando lo convencen a uno.

Ahora estoy pasando por mi bonito porceso de adaptación, ese en el que recuerdo que trabajo con más gente, y que puedo platicar y reírme y comer con mis compañeritos. La bendita introversión se instala cómodamente en mí y yo la dejo estar por unos días. La necesitaré.

7.11.08

Paren el mundo, me quiero bajar...

Ah, para semana intensita. El jueves pasado mi jefa me preguntó que cómo andaba porque a lo mejor había un estudio esta semana, que le digo "bien, no hay tox, sólo tengo comprometidos el martes y el jueves en la tarde noche". Pues que me confirman el viernes que hay entrevistas el martes... y el lunes a medio día me dicen que no, que el miércoles... y cuando ya planeé el día siguiente pa' holgazanear, me llaman y me dicen que siempre sí, empezamos el martes a las 8.30 am.

De ahí en adelante todo ha sido andar en la loca. De plano el miércoles fui suficientemente hazañosa para despertarme a las 7 am, ir a aplicar entrevista con paseíto a las 9 am, recibir una llamada para decirme "que siempre no, que ahora a las 10", largarme a desayunar y buscar el periódico a un Sanborn's, regresar a hacer entrevistas con paseíto a las 10, a las 11, a las 12, a la 1, a las 2, a las 3 y a las 4... y de ahí pasar al super a comprar la arena de los gatos, y ver la máquina de coser china con la que quiero empezar un proyectito y comprarla y facturarla, y justo al llegar a la casa recibir una llamada de R diciéndome que los Zetavés necesitan nuestro apoyo para ensobretar y encartar, que nos vemos a las 8.30, de ahí a la imprenta, encarta encarta encarta encarta, ensobreta ensobreta ensobreta ensobreta cierra cierra cierra cierra cierra hasta la 1 de la mañana, y por supuesto cenar tacos.

Al día siguiente, tenía que redactar el informe de las entrevistas con paseíto, pero entre el cansancio y que tenía que ir a pagar la luz y el agua y el teléfono y que tenía ganas de leer y de ver tele y que además hay que ir a que me hojalateen la actitud y que era el día esperado desde hace un mes (en realidad desde hace años, pero ahorita les cuento), pues nada, que perdí el tiempo miserablemente y no avancé gran cosa durante el día. A las 5 de la tarde ya tenía que estar trepada en el metrobús para bajarme en... Parque Hundido, que yo ni idea tenía de que estaba cerrada (y entonces agárrate un taxi para llegar medio a tiempo a terapia) y luego otra vez a caminar para tomar el metrobús y bajarse en Altavista. Y a caminar de nuevo, por una muy buena razón: llegar a las 7.30 pm a Gandhi MAQ:




Fui algo así como la groupie más feliz del mundo escuchando a Juan hablar de futbol, de cómo está eso de escribir géneros distintos como una herramienta contra la dispersión. Además, le pedí que me firmara el libro rete consentido: De eso se trata, que tiene unos ensayos muy sabrosos sobre literatura y escritores y lecturas... Es un tipazo, o lo que es igual, me lo llevo.

Salimos de ahí nomás porque ya nos corrían, fuimos por café, chocolate y un churro relleno de dulce'eleche... y fue sentarme a las 11, emocionada y con el cerebro en otra cosa, a pelear con el reporte. Esa pelea a muerte duró hasta las 3 de la mañana, conmigo como pírrica vencedora. Y hoy, pararnos a las 7.30 porque había que estar en fckn Santa Fe a las 10 de la mañana... y estar atrapados UNA HORA en el tramo de Constituyentes que abarca el panteón de Dolores. Llegue a las 11 a mi junta... la ventaja es que hoy no era con mi jefa (que se habría estado trepando por las paredes), sino con la Consultora Historiadora que es una mujer lista, de muchos arrestos y sensata, así que empezó sin mí y luego hicimos el relevo australiano.

Salimos de Santa Fck como a las 12.30, lo que indica que llegamos a la oficina a la 1.30. De ahí a casita, a comer y luego quedarme dormida hasta hace unos 30 minutos.

¡Uff!

Ya ahorita lo que corresponde es preparar una clase sobre mi tema de tesis, para explicarle a mis compañeritos en dos horas por qué la investigación cualitativa en publicidad es la neta, cómo funciona la evaluación de estímulos visuales y cuál es el interés de tener una herramienta metodológica netamente mexicana y demás. Fancy, ¿no?

Y el post scriptum: Ya tengo hora y fecha para lo del maratón de poesía... jueves 13 de noviembre, 9.50 de la mañana. Si no les altero mucho el horario, anímense a ir a Donceles 66 a escuchar lo mala poeta que soy. Prometo que al menos trataré de ser una lectora chistosa...

17.5.08

Día del maestro

Pseeee... ya sé que qué gastado y qué cursi escribir sobre el día del maestro. Es como la composición sobre "La vaca", o como decía alguien en Mafalda: "La vaca nos da la leche..." ¿¡Y la de tinta que nos chupa?!

No puedo evitar el tema. Más bien, no quiero evitarlo. Resulta que yo supe que daría clases en licenciatura como a los 3 o 4 años de edad, cuando mi papá era profesor y me llevaba a acompañarlo. Recuerdo vagamente que era divertido, también me acuerdo que mientras él daba clase, yo me trepaba en la silla o en el escritorio y empezaba a rayonear el pizarrón de manera muy diligente. Ya más grande, me daba una libreta —uno de esos cuadernos Scribe viejitos, mostaza con una raya café y la otra blanca, o azul claro con azul marino y blanco— y me sentaba en una banca de universitario... No recuerdo nada de sus clases, pero sí puedo revivir todavía esa sensación que me quedaba al final del día, cuando salíamos del salón y los alumnos le hacían la plática: una mezcla de curiosidad y orgullo; ganas repentinas de "ser grande".

Hay momentos en los que estoy totalmente convencida de que terminé una licenciatura sólo para poder ser profesor de universidad. Nunca quise ser "miss" de primaria o secundaria, probablemente porque mi paciencia es de mecha corta. En algún momento consideré dar clases en preparatoria, pero la mera verdad fue sólo por 10 minutos... Cada vez que estaba por renunciar a un trabajo, pensaba: "Ahora a lo mejor si puedo dar clases" y ñeh, tómala. Eso hasta la última renuncia, la grande, la definitiva: cuando mandé a las oficinas a la veeeeerrrga.

En ese momento decidí que lo único que quedaba ahora que había quemado las naves era hacerme caso, por fin. Y emepcé a tocar puertas. Oí de todo: "Necesitas tener maestría", "Tu currículum está padre, pero necesitamos que tengas 2 años de experiencia", "Deja tu currículum y cuando la persona responsable lo vea te llamamos"... Dejé lo mejor para el final: esa universidad chiquita que quedaba a 5 minutos de mi casa. Menos de un mes después, ya se me había hecho realidad el sueño, y daba clases de semiótica a un par de grupos de diseñadores.

Hasta la fecha, con lo cansado que resulta a veces, y lo frustrante y emputecedor que puede resultar lidiar con algunos alumnos, algunos maestros, algunas decisiones (ya saben, Coppelia en pie de guerra contra la indolencia, la ignorancia y la burocracia) creo que esa es la mejor decisión de mi vida.

Pero no es sólo eso: este jueves, para hacer todavía mejor el día del Maestro, en la universidad decidieron hacer una ceremoniaa solemne en honor al decano de nuestra HH institución... El Doctor tiene todos los años de la escuela dando clases, y es todo un personaje. Es psiquiatra, abogado, publicista, escritor y encarna totalmente la noción de docencia. Cuando entra a la biblioteca con su traje de tres piezas, la gabardina impecablemente doblada sobre el antebrazo y su bastón en la mano, es como si se hubiera salido de una película. Tiene obsesiones maravillosas y fama de exigente; los alumnos lo respetan, le temen un poco y los más listos lo admiran.

Desde este jueves, la biblioteca se llama Dr. Francisco D'Egremy Alcázar.

Obvio, durante el homenaje lloré como la magdalena. Esa abrumadora sensación de una vida bien vivida y bien dedicada a la docencia fue saber de pronto a qué le quiero dedicar los siguientes 30 años... Ojalá en ese tiempo llegue a ser la mitad de buena que el buen doctor. Ya les dije, soy fan...

Tengo mucho que agradecerle a mis maestros: el primero, mi papá. De ahí en adelante están muchos más: Mimí, Carmelita, Coty, Adela, Norma, Alma, Cristina, Minerva, Ofelia, el prof. Molécula (daba física), Eduardo, Droopy (de ética), Socorro (mi abuela adoptiva), Bruno, Enrique, Gabriel, Marlene (pese a todo), Marycarmen, Victoria, Jud, Paty 1 y Paty 2... Ahora aprendo de mis colegas. Todo el tiempo. Y creo que ellos ni cuenta se dan, pero así es. Soy eterna aprendiz para ser cada vez mejor docente. Eso espero. Espero que mis días del maestro sean muchos, muchos más...

27.3.08

Gray cloud

Se supone que hoy me tocaba hacer todas esas cosas agradables que dejo pendientes para los jueves, día de asueto. Hoy me despertaría sólo un poco tarde, organizaría mis libros por materia, saldría a hacer la compra y comería fuera; regresaría a tiempo para enseñar a Xim a usar el feisbuc y después, seguro, ver una peli o algo.

Pero no pasó. Esto del adulto nomás no se me está dando muy fácil... Y total, que otra vez (la tercera en esta semana) fueron 3 horas de sueño, interrumpido de pronto, dos horas de vigilia y luego poder recuperar el sueño perdido. Me desperté a las 12 del día y ya no me inflé (como pastel).

No me he arreglado, no he comido, no nada. Un jueves a la basura. Voy a comer y al super. Regreso y me pongo a arreglar el desastre que está a punto de ser —otra vez— mi casa. Chale... el eterno reto en mi vida es, entonces, recuperar el equilibrio (ya lo encontré, pero vez tras vez me salgo de ahí, guac).

Díganme, por favor, que los terapeutas hacen precio por paquete... ja.

La nota contradictoria es que esta semana estoy feliz porque ya viene mi sobrina, la esperadísima nena de Janos... algo adelantada, pero ya está a punto, a puntísimo de llegar. Eso me alegra, y supongo que otras cosas podrían hacerlo también. Pero por ahorita estoy frustrada, enojada y otras muchas cosas raras que ya no estaba acostumbrada a estar conmigo misma...

Ah, y dediqué una hora a por fin, activar mi banco en línea. Ya después de haber perdido todo (ya saben: login, contraseña, números de seguridad, todo) la atención telefónica me salvó el pellejo y por fin, por fin, después de 6 meses de haber empezado los trámites, ¡ya puedo ver mis saldos en línea! (ah, y recibir notificaciones a mi cel cuando haya un movimiento en mi cuenta, como ¡DEPÓSITOS! ¡Vientos!)

Chale, sí, estoy gris. Espero que en unos días mi energía y cansancio se nivelen... estoy empezando a extrañarme a mí misma.

15.9.07

Life in a cast

Inmovilización. Vaya, no es tan incómodo como suena. Al menos, mi tobillo derecho no lo cree así. La férula está haciendo su trabajo, dándole tiempo a los ligamentos que me despedorré el lunes pasado para que se reacomoden. Todo mundo había dicho que el pie dolería, que el frío, el calor, que no sé que tanto. Pues no. Creo que cortesía del tipo de esguince, lo único que no quiere hacer mi pie es precisamente lo que mejor le impide el yeso: moverse de costado. De ahí en más no duele nunca (a menos que pase demasiado tiempo apuntando hacia abajo, en la posición habitual de un pie; me las he arreglado bien para tenerlo arriba casi la mitad del día).

Lo que fue molesto durante los primeros dos o tres días fue habituarse a las muletas. Mis hombros y mis brazos nunca han estado capacitados para cargar con mi peso. Vamos, ni cuando era una niña raquíticamente flaca y mi padre me decía Popotitos podía sostenerme suficiente como para cambiar de barra en un pasamanos... Ahora, de pronto, toda mi movilidad depende de que mis hombros soporten ser la cúspide del columpio que balanceará mi cuerpo entero hacia adelante. Los dolores más terribles fueron los de espalda y brazos el martes y el miércoles. El jueves ya había perdido mi habitual buen humor, y llevo 2 noches sin ir a mi departamento: tres pisos diario es demasiado esfuerzo.

Aún así, mi mayor dificultad no es física: lo que me ha hecho pedazos en la última semana es la sensación de no poder realizar actividades simples por mi misma, o que éstas requieran mucho más tiempo del normal. Bañarme se ha vuelto una actividad meramente utilitaria, invierto mucho más tiempo en los preparativos que en el regaderazo por sí mismo. Tengo que planear mis movimientos cuidadosamente, porque no se me puede olvidar nada: regresar a la recámara requiere muchos más movimientos de los deseados.

Como el tobillo inmóvil es el derecho, he tenido que olvidarme del automóvil (por muy automático que sea, el bulto que ahora tengo por pie le estorba al acelerador). De pronto, toda mi locomoción depende de la buena voluntad del prójimo. R ha sido un gran prójimo, aunque en realidad parece que estoy terminando con sus reservas de energía y paciencia. Estoy durmiendo en su casa, donde rengueo de aquí para allá.

Es raro. Tanto tiempo peleando por transformarme en una mujer independiente, y ahora que tengo que depender de muchos para todo, no puedo evitar sentirme inútil. Como sea, también me gusta saber que hay gente que se preocupa por mí. Por ejemplo, en la agencia he trabajado como negro esta última semana, pero el equipo ha sido un gran apoyo en todos los sentidos y finalmente me siento en casa. Mi familia aumentada (la niña-gato, A, J, por supuesto R, Xim) ha puesto 200 de energía en esto y se han preocupado por mí hasta el punto de lo inimaginable.

Total, que me falta al menos una semana más. Las muletas ya no son tan molestas, ya me pude pasar un día entero sin analgésicos, y cuando salgo con R nos podemos estacionar en cualquier lado... Algún servicio tenía que prestarnos mi patita, ¿no?

3.9.07

Jacinto no va nada bien...




... y estoy triste.


(sí, esto siempre ha sido ese tipo de blog en el que la que escribe habla de sus gatos)

31.8.07

La vida en Torres

(post diferido por horas...)



Pues aquí estoy: sentada en mi sala nueva, en el departamento nuevo. Podría intentar que esto subiera en tiempo real usando la nueva línea telefónica, pero ya no tengo internet de dial-up (y el infínitum todavía no jala, porque tarda tres o cuatro días después de instalar la línea). Y tengo luz, un mueble nuevito en la cocina, con alacena, y al rato (en unas tres horas or such) vendrán a instalar la estufa y mover el fregadero de lugar, para dejarla habitable (es una cocina, como ya bien saben, pequeñita).

Ya estamos a todo vapor. Se siente rarísimo esto de tener una casa nueva, con una sala nueva, y empezar a calcular dónde voy a meter mis cosas y las de mi roomate, y si cabrán o no todas aquellas que pretendíamos tener... Pero por lo pronto, ya cuento con los servicios básicos. Cuando haya contrato prometo dejar de colgarme de la luz de la azotea, y en cuanto tenga estufa conectada, pediré que abran el gas (y luego le voy a decir a la Niña-Gato que si me ayuda a prender el boiler, sin albur, jeje).

Ayer invité a R y a la Niña-Gato, precisamente, a traer el mueble para la cocina y a cenar pizza (y tomar cervezas). Quería inaugurar el departamento de manera extraoficial, antes de la luz, el gas y los muebles, con ellos. Quería ser capaz de recordar ese momento en el que nos alumbramos con veladoras, y comimos “pizza de torta”, y nos tiramos en el piso del departamento vacío y todavía se veía espacio libre.

Esperen a mediados/finales de septiembre (está bien, principios de octubre) para el open house. Les va a encantar.


Por cierto, Jacinto ahí la lleva. Mientras mejor está de salud, peor se pone de humor... Espero que la mudanza lo ayude, en vez de alterarlo: su última salida estresante de la semana ya no será al veterinario, sino a su nueva casa. Ojalá que le gusten los sillones, aunque ahorita que no tiene garritas no creo que importe demasiado... me basta con que se haga bola en ellos y ya. Además, ¡son perfectos para mantener el color aun cuando estén cubiertos de pelo de gato!


Empieza la nueva aventura. ¡Qué emoción!


PD: EL plomero se acaba de ir, después de dejarme la cocina instalada de una manera coherente. Eso quiere decir que ya hay luz, ya hay gas, hay agua, la cocina funciona, y la mudanza llega a LS a las 9 de la mañana del domingo: es oficial, ¡ya vivo en Torres!

28.3.07

Interscriptum

Yo ya decidí que no existo. Sï, es oficial. Sólo soy un personaje entre tantos personajes, una piel entre tantas pieles, una máscara entre máscaras.

Quiero empezar a columnear (bonito verbo que se traduce por "empezar a escribir con tono de columna") y usar para ello a bitter. No sé si extraño su tono o su fama. Ah, porque se sentía bonito tener gente que comentara, aunque luego fueran más bien lectores que creían saberlo todo de uno nada más porque leían el blog (al fin parece que ya todos se fueron y apagaron la luz, ojalá). Dice R que es porque nunca fue personaje del todo. Si la vuelvo columnista ¿se volverá personaje sola?

Estoy intentando escribir poesía, todo por la maldita obsesión de mejorar en ello. Ayer escribí una línea en el refrigerador: "adolorido animal soy". Trataba de volverlo algo downbeat, con un ritmo que decreciera, sincopado, lento. "adolorido animal soy". Llegó R: "No tiene ritmo". Reescribió: "Soy animal adolorido". Ahora tiene upbeat, va creciendo. "taca-tá-taca-tá-taca-tá, en eso consiste el ritmo".

Soy arrítmica, pues. Mi consuelo es que lo que siguió escribiendo R en el refrigerador era entre dadá y pinche... No tengo ritmo, pero tengo coherencia, jaja.

Hoy, otra entrevista. Es la cuarta relacionada con el mismo trabajo que no sé si quiero o no quiero tomar. No quiero trabajar tres meses y botarlo. Tampoco quiero entrar, comprometerme y abandonar la escuela. La verdad es que creo saber qué quiero, pero no estoy segura de querer ejecutarlo. ¿Y si lo único que quiero es que mi vida siga siendo mía y siga siendo simple? ¿Estará mal decirle que no a una oportunidad que pintan calva porque no puedo tomarle el pelo? ¿Cómo diablos defino si la emoción que siiento cada vez que me llaman soy yo o es el hurón?

Llevo tanto tiempo peleando por aplacar al pinche hurón de la neurosis (ya saben, la rata larga esa que corre en círculos en mi cerebro, rascando esquinitas, escondiendo datos, poniéndome de malas, la que produce el dolor ese en la base del cráneo y en la coronilla cuando me concentro mucho) y ahora que aparece una propuesta de trabajo como el que dejé pero más organizado (y tres o cuatro veces más exigente) de pronto el hurón adormecido despierta y empieza a dar vueltas y me dice que sí, que podría con todo, que tengo derecho a intentarlo, que necesitamos el dinero, que de todos modos más vale que esté ocupada.

Del otro lado, aparece el animal nuevo, que no identifico todavía (tal vez es Jacinto) y me pregunta si deveras tengo necesidad de regresar a todo eso. Es como una adicción, la adrenalina, la sensación de logro, el estrés. Es eso, una adicción. Es la urgencia de hacer todo al mismo tiempo. Me recuerda mi valioso tiempo para mí, las caminatas por el mercado, lo que disfruto compartir con los alumnos (con excepción de los tres que mienta el hurón para convencerme de que la docencia no es lo mío).

Vivo en esa frenética lucha entre escribir y no, entre trabajar como negro o vivir como negro (aunque si trabajo como negro puedo garantizar que nunca habrá tiempo libre, que no habrá vacaciones, que rara vez saldré, en definitiva, que viviré como negro también), entre decidirme por el prestigio de una chamba nueva o por la tranquilidad que implica saber que de aquí no me voy a mover a ningún lado.

¿Es paz o así se siente la mediocridad?

Entrevista en 4 horas. Terror. Y una respuesta que no sé todavía cuál será.

18.1.07

Disolucion

Me gustaría decir que estoy disuelta. Me gustaría, deveras, decir que no sé lo que me pasa. Pero sí sé. Acabo de conocer a un hombre harto increíble, hace cosa de una semana, y ya se transformó en irremediable parte de mi vida.

¿Cómo fue? No sé decirles cómo fue, ni sé explicar lo que pasó, pero me enamoré. Digamos que yo iba a tomarme un café con un amigo a Coyoacán para matar el aburrimiento del viernes en la noche, y de alguna extraña forma esa salida terminó el domingo a las 2 de la tarde, saliendo de casa de mi novio, después de desayunar con él.

Me caí en el agujero del conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas... Inesperadamente mi amigo resultó un excelente conversador, un tipo inteligente, divertido, lector apasionado, fan de los Pumas, veracruzanísimo, maduro pero no solemne, buen amigo de sus amigos, trabajador de la cultura (sí, todavía había alguno disponible), entregado, entusiasta, generoso. Neurótico también, de esos de los que hacen "wahwahwah" y luego se les baja (como yo). Gastronauta consumado. Aventurero pero aterrizado. Analítico pero fiel creyente en la serendipia. Experto en ópera pero amante de las cumbias (y sabedor de que se escriben en octosílabos). Propietario del gato más guapo del sur de la ciudad, pero amante de los perros y de otros animales.

Cuando volteamos, ya llevábamos 6 horas juntos y el frío nos estaba queriendo volver locos. Una hora más hasta que nos corrieron de la última taquería abierta de Coyoacán. Caminar hasta el coche, dirigirnos a su coche y terminar escuchando música en él. Ver amanecer juntos en su techo. Hablar de ópera a las 9 de la mañana sin haber dormido. Amigos, familia, sus brazos, "di-me si-tú quisieeeeeras andar con-mi-gooo, uohoho", sí, carcajadas, no siento las manos, mucho espresso. Dormir abrazados. Escuchar su respiración en la mañana. Saber que ronca, y además de eso que respira pesado. No importa.

Ha sido la semana más feliz de los últimos años. Ya hasta se me había olvidado lo que se sentía ser así de feliz, estar así de enamorada... tanto he insistido en el concepto ése de la complicidad entre amantes más allá de lo físico (sí, esa complicidad emocional e intelectual que implica compartir en una mirada muchas cosas, en una noche pláticas eternas), que ahora que por fin se cumple sigo creyendo que lo soñé.

Se llama RdR y su nombre está entre admiraciones en mi agenda.

Todos creen que estoy loca. Tienen razón.

Me dicen que sea cauta.

No saben lo que dicen.

Si me parto la madre mayúsculamente, habrá valido la pena.

Prometo, solemnemente, aprender a nadar.

30.12.06

Balance de caja.

Podría volver a hacer mi balanza de comprobación, pero para eso ya está el fotolog. Lo que no dije ahí fue que, aunque el balance es altamente positivo (ah, ya terminado el periodo fiscal a revisar) la verdad llegar hasta este punto en el que ahora estoy tuvo bastante mierda de por medio.

Primero: abrir y cerrar de ojos en el blog. De pronto toparme con lo divertido que podía resultar tener lectores, y luego descubrir que pueden ser tiránicos, weirdos, o simplemente peculiares. Todavía me cuestiono a veces haber tomado la decisión de cerrar bitter, pero neta, cuando entre mis cuates empezaron los madrazos con respecto a posturas políticas y de ahí pasaban a meterse con asuntos personales... pues mejor me derivé como constante cuando x tiende a 0.

Otro punto pinche fue ése: la política. Ni los políticos ni los votantes hemos alcanzado un nivel decente de competición. Tan malo el pinto como el colorado, los fans de unos y de otros gritándose de extremo a extremo "pinches nacos" y "pinches riquillos", con extremos tan absurdos como el taxista que le dijo a la secretaria de donde trabajaba entonces "es que a ustedes los ricos les vale madre", o los cuatro o cinco cuates que tenía y que de pronto dejaron de hablar de otra cosa que no fuera política. Y si no estabas en su bando, pues adiós... y como yo no estaba en el bando de ellos (en el de ninguno, realmente) pues me tocó hacerme a un lado.

Éste ha sido uno de los años más pinches de mi vida en cuestión amorosa. Mi puerto seguro contra la desolación no sólo se fue de jesuita, sino que antes de hacerlo tuvo a bien enamorarse de una mujer que no era yo, y decírmelo. Esa ruptura/partida de madre tuvo como consecuencia enamorarme del primero que apareció, y ese fue el buen hombre de los aviones. El problema fue que él estaba más dañado que yo en eso de las situaciones amorosas, que en realidad no estaba de cabeza por mí y que en un par de meses se iba del país con rumbo a Europa. En el proceso de truene con él y las tensiones que eso lleva, dejé que se colara por una rendija un intruso molesto, que al principio parecía interesante y terminó siendo de lo peorcito que me ha pasado: medio psicótico, feo, tenía mi vida más resuelta que yo y que la suya. Ugh.

Por supuesto, después de eso, al loquero. No ha estado tan mal, al menos no me ha empastillado y eso ya es mucho decir considerando lo inestable que he estado en los últimos 6 meses. Ah, porque ese sería el otro punto profundamente no bueno... Yo que soy tan todo-lo-puedo, "tengo todo bajo control" etcétera, me he enfrentado a un año donde la única constante, como Heráclito decía, es el cambio. Cambio de trabajo, de corazón, de amigos, de coche, de blog y flog y hasta de inquilinos (ahora tengo a la Galleta horrible).

Dentro de los cambios, dejar caer dos idealizaciones (usando un término muy de mi loquero). No, la gente no es perfecta. Este año me demostró que dos o tres de esas personas que representaban todo para mí en realidad no son más que seres humanos, con defectos, pies de barro y limitaciones, just like me and everyone else. Duele mucho cuando los ídolos se caen, vaya que sí. Ver a la gente como es en realidad y no como siempre la quisiste es un madrazo en la nuca. Los dos más dolorosos fueron los que más tiempo tenían, of course.

Para retomar la crisis amorosa, me ha tocado la maldición de SorJuanita: "Al que ingrato me deja, busco amante/amante busco al que me deja ingrato" (o algo así). A principios de año besarme con un niño lindo por el que no sentía nada nadita. Luego la GRAN partida de madre. Luego, conseguirme un acosador al que todavía hace 2 meses tenía que repeler con gases lacrimógenos. Después, el volador. Luego el psicótico. Luego reencontrar al tipo que me gustaba en la universidad y salirme con la mía, y seducirlo suficiente como para una cita y múltiples besos... y quedarme enamorada mientras que él tenía novia y se desaparecía de mi vida con esa misma facilidad con la que regresó. Y pelearme con él cada que hace un connato de reaparición. Y reaparece el de principios de año y sigo sin sentir nada que no sea ternurita. Y salgo con un hombre hecho y derecho, y no puedo evitar pensar "le doy 2 meses".

Así. Eso y que ya no podré ir a Europa el próximo año por andar cambiándome de trabajo (lo cual generó un horrendo déficit de circulante) sería el resumen de mis desgracias.

Eso es lo negativo. Lo positivo es que estoy feliz, que pese a los múltiples altibajos el balance de años es más que positivo, que gané algunos amigos super increíbles que espero sean de por vida, que retomé amistades que había suspendido, que empecé a dar clases por fin y ha sido mucho mejor de lo que imaginé, que en este último mes me veo al espejo y la mujer que encuentro ahí me gusta mucho. Ah, y que cumplí 28 y estoy orgullosa de estarme acercando a los 30 con tanto garbo y gracia. Que si el anuncio de Buchanan's me lanza la pregunta, mi respuesta es "No. Soy mucho mejor". Que estoy recobrando la seguridad en mí misma, que ha dejado de ser un fingimiento para volverse realidad. Todavía me cuesta trabajo, pero no soy obra terminada ni planeo serlo (si me termino, me muero).

Lista para enfrentar el 2007 con lo que traiga. Ropa roja, para llamar al amor. Si no llega en forma de pareja, que siga estando en forma de amigos, de familia, de proyectos increíbles, de mis clases y mis fotos y la música... pero que siempre esté presente.

22.9.06

Me siento...

Feliz porque terminé el 80% del artículo que tenía que entregar para hoy, aunque olvidé hablar de temas bien importantes (Latin Lover y Betty-Lety) que tenía en la cabeza y se me borraron.

Enojada porque me sacaron de un proyecto gracias a mi turbio pasado en la empresa de Medusa. Eso implica que igual estaré corriendo con trabajo y ver que las sesiones entren y etcétera, pero no analizaré ni moderaré (que es lo que me gusta hacer). Me quedé con la peor parte de la chamba, gracias a un proyecto en el que participé de forma marginal hace año y medio, ¡Ufa!

Indecisa sobre si lanzarme al centro aunque vaya sola, nomás por el gusto de hacerlo, o largarme al cine a ver "Señora Venganza" yo solita, nomás porque quiero verla pero no quiero invitar a T y L ya la vio en preestreno pirata.

Monísima, porque me peiné de dos colitas hoy y me siento hecha una nena.

Ayer fui con M y con Do a cobrar el cheque de M a uno de los medios en los que escribe. Huimos a las 2 de la tarde de la Condesa, tomamos un taxi, mareamos al taxista con nuestros comentarios sobre si la revista Chispa era mejor que Grita fuerte (hell-fucking-yeah), si el Caballito es un caballo completo o es sólo la cabeza o es un debraye amarillo, sobre como las horrendas esculturas de Sebastián se vuelven icónicas por feas, algo así. Queríamos comer cocodrilo y armadillo, pero no nos daba tiempo de llegar.

Después de entregado el cheque, fuimos a hacer fila en el banco, donde intercambiamos lugar tres veces, Do corrió para ganarle el lugar en la fila a un viejito, él se formó pero M fue quien hizo el trámite... A mí se me rompió un zapato. Salimos después de que le tatué a Do el autógrafo de Chayanne en la mano y admití, dentro de una institución bancaria, que soy buenísima copiando firmas.

Compramos unas gelatinas bien bonitas. Nos las dieron en papel encerado y nos las comimos a mordidas, y todos nos compartimos. Luego corrimos para atravesar la calle, y fuimos al Café la Habana. Pedimos el menú con botella de vino, y el capitán lo trajo y me presentó la botella y me dio el corcho y me sirvió primero y me dijo que si yo me iba a hacer cargo de los muchachos.

Comimos demasiado. Salimos justo a tiempo para regresar bien, habiéndonos tomado dos horas de comida...

Lo dije ayer, pero en realidad lo siento: si una hipotética Coppelia de 8 años nos hubiera visto, nos habría envidiado. Esa vida es la que me hace falta. Ya veré cómo me las arreglo para poder organizar todo con todo, pero ojalá pueda. Ojalá que todo salga bien. Hasta ayer en la noche estaba muy animada, y hoy ese "no queremos trabajar con ella porque ella trabajaba con Medusa y eso no nos gusta" me bajó los ánimos. Como si no fuera a conseguir trabajo por culpa de la misma mujer de la que huí hace un año. Como haberme generado un mal karma laboral...

Lo importante, pues, deberá ser dar clases y escribir. ¡En eso no me han desprestigiado todavía!