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13.10.09

Viaje disolvente

Hacía años que no viajaba tanto en un mes. Estoy redescubriendo cómo afecta eso mi sentido de la pertenencia y la permanencia, cómo modifica y moviliza cosas en mí que a veces no tengo idea de qué son.

Estoy por primera vez en años a Monterrey. Admito que extraño en cierta medida esa ciudad que tan bien llegué a conocer después de terminar atrapada en ella en más de una ocasión. Extrañaba el clima estrafalario que es calurosísimo y después lluvioso y a los 15 minutos helado y luego lluvioso de nuevo...

Esta ciudad fue el hábitat de bitterberri más que ningún otro lugar. Fue en una salita de computadoras del hotel más socorrido por mí en ese entonces que bitter se hizo conocida, empezó a interactuar con el mundo y que adquirió un rostro y una personalidad. Monterrey pudo haberse transformado en mi ciudad si las cosas con la Agencia del Mal no hubieran ido de mal a peor a terrible progresivamente.

Recuerdo que cuando inauguraron las nuevas oficinas aquí, yo había venido a una presentación de resultados y, sin deberla ni temerla, me tuve que quedar un día más, sin una muda de ropa, en el hotel pederísimo en el que se hospedaba el director general. Recuerdo la semana aquella en que se cayeron las sesiones porque llovió y tuve que esperar 3 días más, con ropa de otoño chilango en pleno invierno regio.
También recuerdo la sensación triunfal de la primera presentación de resultados, y nuestro festejo con museo y cabrito. La mejor comida de ese año en el Pangea. Hacerme de una rutina que incluía nadar, hacer caminadora y después salir a caminar al centro. Aprender a moverme en metro y llegar así hasta el Parque Fundidora. Recorrer la Macroplaza, el museo de historia mexicana, el marco. Las citas de trabajo que duraban todo un día. La oficina en la que nadie esperaba mi regreso.

Ahora estoy en un hotel que probablemente no existía la última vez que vine; trabajé en una salas que con toda certeza tampoco existían cuando trabajé aquí. "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos". Me asombra tanto mi soledad de aquel entonces, esa libertad infinita que me daba tener un único lazo afectivo no tan fuerte con el mundo. Esa época de mi vida en la que todo sonaba posible. Mi último episodio depresivo menor (al menos suficientemente fuerte como para acabar en terapia por primera vez).

No tener conciencia de mi soledad me daba alas. Ahora esa misma soledad me produce miedo, nostalgia, compasión. Esa extraña que no tenía ni un gato, que vivía sola en la ciudad, sin otra liga emocional que dos amigos cercanos que sin embargo tenían una vida con su propio ritmo (finalmente acabaría por separarlos). Quisiera pasar una semana en Monterrey, como entonces, pero al mismo tiempo me aterra pasar tanto tiempo lejos de R, de los gatos, de T y de N y de Pixel y de P y de E y de tantas otras iniciales que se le han añadido a mi vida en los últimos tiempos...

Viajar me libera, pero me disuelve tambien un poco, como si fuese azúcar que se dipersa al entrar en contacto con el agua. Esa persona que sólo existe en los aeropuertos y que no soy exactamente yo me espera dentro de la maleta, me recuerda que tuve un galán aeronáutico, y ahora que soy más bien terrestre escucho el tren pasar frente a mi habitación de hotel.

Son otros tiempos, definitivamente. Otros tiempos, otras personas, otras causas y efectos, otro azar el que me trae de nuevo aquí —y a la vez no—. Sigo siendo yo, mi maleta, un boleto de avión de ida y vuelta, una reservación de hotel, la cama enorme que no me dice nada, nadie a quien tocar durante un par de días. Regresar a mi vida habitual se siente un poco más como resurrección y menos como éxodo. Tal vez es que viajar activa mis genes deambulantes: Sara, Zoraida, esa mujer que camina en mi sangre desde siempre jamás y no se para por nada ni por nadie (ni por mí).

16.3.09

Pronósticos cumplidos

Las citas se cumplen. Hace 15 años yo tenía 15, y todavía no empezaba a escuchar a los Smashing. Recuerdo claramente haber sido muy fan de la estación rocker del IMER, que ocupaba la sintonía que ahora aloja Reactor. No era yo escucha de Radioactivo, aunque mis amigos sí.

Recuerdo con claridad, de entre mi adolescencia, aquella canción que afirmaba: "soy un bicharajo, soy un raro, ¿qué chingados hago aquí? No pertenezco a este lugar". Se me hacía una cosa muy gloriosa, la clase de cosas que La Negra y Yogui aportaban a mi formación. Después yo los ayudaría a completar su colección de spots de Radiactivo con los que tenía mi hermano, y le añadiríamos el inmortal de Martín Hernández: "WFM te va a mandar a donde nunca nadie te había enviado antes".

Esa época le metió mucha música que me aprendí, pero que al mismo tiempo no supe quien cantaba. Como que mi mundo en ese entonces transcurría entre el rock en español, el movimiento de rock mexicano (recordemos que en esos entonces yo vivía en el norte de la ciudad, en la misma colonia en la que habitaban dos de los miembros de Café Tacvba, el cantante de la Castañeda y no sé si alguien más así de ilustre) y la música de Joaquín Sabina. Después tuve mi época rara de estudiar Administración y cantar trova y Mecano y otras cosas viejas, y despegarme del rock en inglés (La Negra ya estaba estudiando turismo y viajando mucho, Yogui era más amigo de ella y de Almendra que mío).

No fue sino hasta que estudié comunicación y descubrí ese piso 7 1/2 que era la oficina de Expresión, que de pronto me encontré con la gente que me ayudaría a definirme por fin como aquella que era y no sabía, como aquella que siempre quise ser: Monyque, La Paos, mis Hobbits, Marco... todos aquellos que le pusieron sentido a ser quien eres y no quien esperan que seas. Y en ese proceso empecé a reconocer lo que había escuchado hacía tiempo, y aprendí a escuchar otras cosas.

Una frase recurrente entre los haitantes de esa isla de las ideas era "¿Te imaginas que vinieran a México?". Yo reaprendí a escucharlos, y me di cuenta de que había años luz de distancia entre ése "eres tan jodidamente especial" y "te lo haces a ti mismo, lo haces, y eso es lo que más lastima". Esa distancia (y el video que hizo Mó con su equipo, con Chore viviendo en una alcantarilla) es parte de mi proceso de maduración tardía. Nunca, jamás, pude llegar al nivel de fanatismo de mis amigas: me llevaban entre 5 y 7 años de ventaja, en realidad casi 10. Se habían criado con esas cosas haciéndoles sentido en la cabeza. Pero vivía pensando: "¿Te imaginas que vinieran a México?".

Pasarían al menos otros 5 años. Salimos de la universidad. Nos escribíamos en fotologs. De vez en cuando, perlas absolutas de Mó luciendo su comprensión profunda de las letras y su relación con la vida real. Me fui haciendo de más y más canciones. "Arreste a ese hombre... he dado todo lo que puedo, pero no es suficiente; seguimos estando en la nómina"; "La ambición te hace ver bastante fea; pateando y chillando, cerdita de Gucci". Es educación sentimental, dirían.

Nunca fui tan fanática. No soy suficientemente meritoria como para hacer fila durante dos días por un boleto. Pero sabía que lo tendría. Albanner y yo hicimos un trato: ir el lunes, perdernos la primera media hora, acercarnos a los cerdos revendedores ya desesperados y sacarles esos inmerecidos boletos en lo que realmente costaron. No hizo falta: hace un par de semanas, otra de mis amigas nos dijo: me sobran dos boletos.

No iré, como soñaba, con mis amigas de esa época definitiva. Pero sé que en ese mismo auditorio estarán ellas, estaré yo, estarán también mis amigos actuales. Lo siento por quien me dijo "eso es una borreguez". No ser fanática no indica que no hayan marcado mi vida, al igual que la de muchas personas con las que comparto mucho más que una generación.

La cita se cumple. Despertaremos mañana del sueño y descubriremos que ya no hace falta preguntar. Vinieron a México. Están aquí. Estaré, estaremos, ellas ya están y volverán a estar ahí. Aunque no lo estuvieran, nos reunimos en torno a nuestros recuerdos y yo las tengo en mí. Bienvenidos, 23 (sólo por un día) y mi estatus de "nerd queen" (sólo por un día, también). El martes regreso a la anormalidad.

18.2.09

De El libro salvaje


A veces he llegado a creer que uno lee para encontrarse a sí mismo. El problema verdadero viene cuando, al leer, te descubres leyendo algo que es tu historia y no es tu historia.

Como empieza el libro: "Voy a contar lo que ocurrió cuando yo tenía 13 años. Es algo que no he podido olvidar, como si la historia me tuviera tomado del cuello". En mi caso, después del fantástico intro, lo que tendría que decirse es que yo estaba a mitad de la secundaria, que las amigas que tenía no eran tales y que mi sueño recurrente implicaba seguir dormida y no despertar nunca. Y luego la biblioteca de mis abuelos me descubrió a mí, y las larguísimas tardes de encierro se transformaron en tardes de lectura. Ya no importaba si no había historias en mi vida real, porque siempre las había entre las páginas que se escondían entre las estanterías. Me volví un ratón de biblioteca, que no emergió de ella hasta que, "como un pollo ilustrado y recién nacido", estuve lista para volver a vivir en la realidad (aunque siempre, desde entonces, me acompañan los libros).

La persona que estuvo más implicada en acercarme a esos libreros fue mi abuela, que me pedía que le buscara cosas en el diccionario como si lo necesitara, con los lentes puestos sobre la nariz y sostenidos por una cadenita dorada que le rodeaba el cuello, con la pluma bien dispuesta entre los dedos azules y nudosos de la mano derecha y el libro de autodefinidos en la izquierda, con su cobija tejida sobre las piernas, rodeada de esos tomos que soltaban un polvo que brillaba cada que los tomaba y que tenían un olor particularísimo, al cual empieza a parecerse —ahora apenas— el olor de mi despacho.

Después de que mi abuela se fue (cuando yo acababa de cumplir 14), su espacio se transformó en el mío. Nadie más subía las escaleras por la tarde, porque nadie —ni siquiera yo— podía soportar su ausencia. Sin embargo, seguía creyendo que la encontraría al jalar un libro, y así me aventuré a trepar por las estanterías, a hojear la biblioteca joven Salvat, a leer cuentos rusos, a husmear entre revistas viejas. Sigo creyendo que mi abuela vive entre las páginas de todos los libros que leo y que leeré a lo largo de la vida.

No sé en qué estaba pensando Juan cuando escribió este libro. Lo que sí sé es todo aquello que me trajo, lo mucho que me reí y que lloré mientras lo leía (es más, lo que puedo llorar ahora, recordando a mi numen tutelar). No sólo encontré mi pasado, fui leyendo mi presente en estas hojas, en estas letras. Dice el texto que los grandes lectores modifican lo que leen. Yo digo que sí es cierto, que los libros, como los amigos, te modifican y se modifican a lo largo de la convivencia.

Es cierto, también: comparto la superstición. Los libros buscan a sus lectores. Éste me encontró. A lo mejor también los anda buscando a ustedes. Si es así, déjense hallar. Prometo que lo van a disfrutar...

Villoro, Juan: El libro salvaje; México, FCE, 2008.

30.7.08

¡Aaaaah!


Yo tenía el mío... hace un año hicieron esta promoción también... lo amaba con locura... y hace un par de semanas, en plena confusión mental (que ya últimamente se estaba volviendo mi estado habitual) lo olvidé en un salón de clases. Por supuesto, desapareció.

Me hace feliz saber que voy a reponerlo :D En algún momento entre clases, asesorías, pelearme con un par de bancos (le acabo de perder el amor a Ixe, carajo) y más asesorías, me lanzaré (espero que ya de regreso en GB, y si no, pues en metro) a la Gandhi de MAQ para recuperar lo que siempre fue mío, como dice el dicho (claro, merecía el hermoso paraguas... por eso regresó).

Créanme: después del paraguas transparente que tuve de niña, es el más bonito que he tenido (y eso que mi portátil de bolsillo salido de Bershka es una monada). Si pueden, regálense libros y consigan el "paraguas Gandhi". Como decía la Ballena Cantante "me hace mucha ilusión"...

Ya luego que todo se confirme (a más tardar el viernes) hablamos sobre decisiones trascendentes y esas cosas. Por ahorita, parece que las cosas empiezan a cuadrarse de un modo o de otro, pero ya veremos.

9.5.08

Derviche

No sé si ya lo había comentado acá en el blog, pero tengo una severa fijación con el sufismo desde mi más tierna infancia. Para explicarles qué es, les podría poner el link de la wikipedia, pero qué flojerita me da... aparte, explicarlo sin tanto rollo es tarea que da para muchos posts y pues no es el caso. Si alguien quiere una introducción descafeinada y algo liberal sobre la "filosofía" detrás de este asunto, mejor vea la peli "Camino a la felicidad". Ya luego que la vean me dicen...

La nota importante es que llegué a conocer el sufismo por culpa de sus cuentos: de niña yo leía lo que se atravesara, y si tenía cara de cuento, pues con más ganas. Por ejemplo: a los 6 años ya había leído las fábulas de Esopo, las de Samaniego y por supuesto que me seguí de corrido con las de Monterroso (el grado de desajuste neuronal que eso produce lo discutiremos después). Así mero fue que se me atravesó "La inimitable sutileza del maestro Nasrudin", que está ilustrado, aparte, por el mismo cuate que dibujaba a la Pantera Rosa... Después de eso, me seguí con "El caballo mágico" y "Sabiduría de los idiotas". No siempre le entendía a los cuentos, pero después de divertirme con la historia, algunos me dejaban ideas muy interesantes para masticar.

Sobre derviches y sufís no planeo extenderme más, pero son la introducción necesaria para hablar de lo que yo quería: el miércoles pasado (mi último miércoles libre, snif snif, sob sob) fui a ver una obra de teatro a la que le traía ganas desde hace meses. Se llama igual que el post, por supuesto. Y sí, está basada en una serie de cuentos de sufíes "para incomodar a los convencionales".

Tenía mucho que no hacía una catarsis tan intensa en el teatro. Creo que desde que descubrimos aquello del "síndrome de Eponine" mientras veíamos "Los miserables" (y ni así fue tan intenso, ja). Total, que no sólo tiene una escenografía grandiosa con un piso de textura ornamentada á-la islam y focos que suben y bajan para simular lo imaginable y lo no tanto (desde un elevador hasta un palacio, pasando por el mar y un barco y...), también tiene 5 actores que hacen de todo a la vez; en especial una, Erika de la Llave, que inventa cada personaje nuevo con un cambio de entonación en la voz. Pero las historias... y el derviche...

Pues nada, que después de haber llorado como la Magdalena, y haberme asombrado, y reído, la recomiendo harto. Si a alguien le emociona la idea, le quedan dos o tres miércoles para ir a las 8 de la noche a la sala Xavier Villaurrutia del Centro Cultural del Bosque (ahí atrás del Auditorio Nacional). Va a estar hasta el 28 de mayo...

P.D. (ahora sí, francamente pendeja): Durante la mañana del domingo, en el largo proceso de que R. se despierte: "Para comunicarse contigo en este estado se necesita ser medio medium... Medio-medium debe ser como un cuartum". Lo que más me gusta es que no pueda defenderse de mis chistes...

18.3.08

Shiva

Es uno de mis principios básicos —reinterpretado del hinduismo—: hay que terminar con las cosas para reconstruirlas cíclicamente. Eso es lo que hace que el universo se mantenga en marcha, lo que evita que todos seamos grises y aburridos y siempre iguales (¡y que hueva! ¿no?). Después de el mesecito de desestabilización que supusieron una serie de cosas (amenaza de patearnos el trasero en la maestría, regresar a chambear con la Agencia del Mal, roomie en crisis, R con una neura insoportable, mi casa cayéndose a pedazos, etcétera, etcétera) ahorita, en las vacaciones, estoy aprovechando la segunda parte de este ciclo: descanso en serio, tiempo para organizar mi casa, mi necesidad de disciplina desde dentro, Xim en un plan mucho más compañera y menos huésped, R... bueno, él es él y en mí no está cambiarlo, sólo conocer sus ciclos.

Por primera vez desde que me mudé, mi departamento es un espacio habitable, ¿cuándo lo inauguramos? Aguanta organizar una comidita, una tarde de películas, una fiesta modesta (el edificio es chiquito y los vecinos "ya son grandes", ja) o algo así. Estoy muy orgullosa de la forma que tomó mi espacio...

Eso de la "disciplina desde dentro" es una cosa que siempre me ha costado trabajo. Digamos que tengo potencial para la malcriadez, para no hacer cosas, para dejar que alguien más haga lo que yo no quiero hacer (normalmente tiene que ver con eso de las labores domésticas). Mi principal reto cuando decidí independizarme era ése, y ha seguido siéndolo durante los años que llevo en esto de vivir por mi cuenta. Así, el asunto de "tender la cama diario", que es un logro de adolescente, es mi principal prueba de que estoy mejorando a estas alturas de mi vida... Bueno, mientras ocurra antes de los 30, todo bien.

and now, for something completely different... después de recibir yet again otra llamada de promoción para la señora No-Sé-Quién (anterior dueña del número, supongo), decidí darme de alta en el Registro Público de Consumidores y en el REUS (que es lo mismo pero para bancos y cosas financieras). Si todo sale bien, en un mes no podrán volver a llamarme para pendejadas durante los próximos 2 años; si es cierto, serán los 5 minutos (en total, entre los dos registros) mejor invertidos de este año... ¡Creo que vale la pena probarlo!

15.8.07

Necesito...

Toda una serie de productos de los que venden aquí.