Pues yo me acuerdo que cuando todavía estaba en la Agencia Inamovible, durante una junta con todos los "colegas moderadores", empezamos a discutir qué publicidad era "buena" y "mala". Yo lo afirmo con saludables dosis de sarcasmo, porque finalmente creo también que "en gustos se rompen caras" y es difícil afirmar categóricamente que algo es "bueno" o "malo" dentro del medio, más bien considero que existen cosas que funcionan y se comunican mejor con los posibles consumidores, y cosas que van para un público distinto y funcionan de forma menos efectiva. Para hacer más claro mi punto, tres ejemplos:
1. La-la-la-lata: Una campaña multipremiada, de altísima recordación (salió hace años y sigue siendo un referente en el mundo de la publicidad). Si alguien no la recuerda, cantaban "la-la-la-lata" durante el comercial, en el que un enano vestido de marinerito bailaba, y cerraban con la frase "Para la lata más conocida de México, cualquier publicidad es buena". Sí, Jumex. Mhmmmm... Pues a mí me divertía el numerito, muy kitsch y creativo y todo, pero en realidad al público tradicional de Jumex (amas de casa) el anuncio entre que las sacó de onda y les resultó grotesco. Pero no nada más a las amas de casa, en realidad como que mucha gente "no entendió el chiste" y aunque se acuerdan de la campaña, cada que alguien la menciona ponen cara de "guac". Y sin embargo, como ya dije, multipremiado, y suficiente como para construir una reputación en el medio. Moraleja: lo que funciona con creativos puede no funcionar con públicos. Jaja.
2. Internet para pubertos: En un anuncio de Infinitum, sacan a una madre mexicana recogiendo la recámara de su hijo, un adolescente harto típico. Mientras ella le dice las usuales "recoge tu cuarto, nunca sales, te la pasas pegado a la computadora, bájale a la música", él traba conversación con el público, a partir de la premisa "mi jefa no entiende nada". Una escena típica de adolescente, pero en vez de que lo piense, nos lo dice. Profesores de la universidad en donde doy clases y moderadores por igual detestaron el anuncio. En defensa del mismo, diré que todos ellos son (o tienen edad para ser) padres de familia. Como yo no, me parece un comercial irreverente pero entretenido, que le habla a los pubertos en su nivel y le dice a los papás que necesitan comprender el uso de internet de sus hijos para no estar fuera de onda (expresión tan retro que la saqué de un museo). Claro que si en los adultos causó esas reacciones de rechazo, quiere decir que el mensaje no estuvo bien planteado de entrada... porque finalmente los "paganos" (papás) tienen más o menos la edad de los censores que me conseguí. Claro que, al igual que todos los censores, estos trabajan a través de la premisa "a mí no me afecta, pero seguro que hay a quien sí". Moraleja: tomarse toda afirmación Cum grano salis... con un poquito de incredulidad.
3. Todo el rollo: Este post en realidad se originó por la campaña de la que quiero hablar ahorita: el papel higiénico que "entiende todo el rollo", con ese asunbto burlón de "Hombres: cuando vean el cartón café, es hora de cambiar el papel higiénico". Recuerdo a LA Moderadora (hasta escribe su opinión en revistas y casi nunca estoy de acuerdo, y miren que me cae bien la mujer) mesándose los cabellos y diciendo "¿¡Pero en qué estaban pensando!?" Chale, me da pena admitir que estaban pensando en gente como yo. A mí esa campaña me hizo cambiar de marca, nada más porque me resultó simpático el enfoque. Sí, yo soy de las que se quejan porque los hombres no entienden que el papel de baño no nace por generación espontanea, hay que cambiarlo. Sí, yo soy sarcástica al respecto de la poca duración del rollo en cuanto entra una presencia masculina a escena en mi baño. Me da igual lo pachoncito y resistente, ya estoy en la categoría de compra que superó a Suavel y Delsey... Así que mi decisión estaba entre Regio (que ahora decidió que el papel higiénico es cosa de alta tecnología y a mí me parece una reverenda mamada), Pétalo (equis entre los equis, con un perrito muy chistoso que a mi no me hace ni cosquillas), Charmin (y sus osos cursis y sus aromas más cursis y sus corazoncitos aún más cursis, guac) y Angel Soft (que tiene un punto de vista sarcástico, joven y entretenido sobre el papel de baño, y que no saca ni ositos ni perritos ni niñitos en el anuncio). Sobra decir por qué me hizo click. Entré a su página de internet y sí, le hablan a mi estilo de vida y a mis inquietudes (no de la mejor manera, todavía no está tan logrado... pero es un intento). ¡No sólo las mamitas abnegadas y eficientes usan papel de baño! Moraleja: Todo el mercado en realidad no es todo el mercado.
Ah, y ya se me había olvidado: publicidad mala, sólo la del doctor Simi, y con todo y todo bien que jala gente. Así que ya ven.
Y eso de escribir sobre publicidad me gusta... creo que empezaré a hacerlo más seguido, así que resignación, mis animados lectores.
25.5.07
18.5.07
Hotel Sarajevo
En son de broma, R le dice así a mi recámara. Y es que sí, todo está fuera de lugar, la ropa limpia y sin planchar no tiene acomodo, los libros y discos han tomado el control de la situación y en general como que todo parece haber cobrado vida propia (o haber sobrevivido a un bombardeo). Yo le respondo, siempre, que el día que termine un libro de poesía lo voy a titular así nada más por lo bien que suena.
Pero este post no es para hablar ni de mi recámara ni de mi inexistente libro, sino para demostrar con fotografías el sitio horrendo que visité el fin de semana pasado. Y no me refiero a Pachuca (que sí es horrendo) sino al punto específico de Pachuca en el que me hospedé (que es horrendo más allá de lo imaginable). Bueno, no tanto así, pero sí es muy feo. Digo, seguro que hay sitios más piojito, pero este era feo a secas. Van las muestras:
1. Las camas, que se encuentran una frente a la otra. ¿Qué puede ser más amable que quedar apuntándole los pies al vecino? O como en película cómica, sentarse de frente y platicar de cama a cama. Genial. Por cierto, las cortinas dan hacia una calle ruidosa del centro. Justo debajo de la ventana, un merolico con altavoz y grabadora programaba reggaetón y gritaba desde las 10 am hasta las 8 pm.
2. La televisión más asegurada del mundo. Previendo que alguien vaya a querer llevársela como souvenir, nada mejor que: a) pegarla con silicón a un mueble, b) colocarle un armazón metálico con el que la sujetan mejor a la mesa, c) torcerle los tornillos con los que sujetan el armazón metálico y d) pegar el mueble al piso. Para que no vayan a sacar la televisión inadvertidamente... (Yo no sé cómo le harían para sacar una tv de 22 pulgadas sin que se note, pero bueno)
3. El elegante tocador. Note por favor la comodidad que implica acceder al sitio, pasando por entre las camas y el inmueble de la tele. Además, la silla estilo "decadentismo de oficina" le pone un toque todavía más distinguido al asunto de que el tocador sea de macopán aglomerado.
4. La regadera, que en persona era todavía peor de lo que retrata. Para colmo, goteaba y salpicaba bigtime. Sobra decir que para tomar esta foto tuve que aventar la cámara a la esquina opuesta del baño para que saliera.

5. Y el único momento en el que me metí a la regadera fue para tomar esta fotografía. La toalla era "exfoliante" y no lo decía, como de papel de lija viejo. Y las llaves se zafaban. Para colmo, el jabón chiquito tenía el nombre de OTRO hotel... Ah, jijos.

6. Eso sí, la única forma correcta de ver la tele (¿recuerdan cómo estaban las camas?) era, por supuesto, encajonado en el excusado. Si tuviera algo de autocrítica, me avergonzaría decir que mi trasero estuvo a punto de no entrar entre las dos paredes que lo cercaban. Como carezco de ella, ya lo escribí.

7. Total, que en este espacio que ahora ven desde afuera se encontraba el clóset... perdón, el baño. Yo preferí dejarme las pulgas hasta llegar a mi casa.

8. Y una última vista, desde algún sitio entre el tocador y la televisión más segura del mundo. No falla el escritorio, que nos hace saber que se trata de un hotel bussiness class. Lástima que la silla sea la misma del tocador, y que el internet inalámbrico gratis (ah, porque había) no llegara hasta la habitación...
Espero que hayan disfrutado la visita al hotel Sarajevo. Por supuesto, no se llama así, pero ¿realmente importa cómo se llame?
Y sí, soy fresa, pero voy de campamento y sé dormir en tiendita de campaña, ja.
Pero este post no es para hablar ni de mi recámara ni de mi inexistente libro, sino para demostrar con fotografías el sitio horrendo que visité el fin de semana pasado. Y no me refiero a Pachuca (que sí es horrendo) sino al punto específico de Pachuca en el que me hospedé (que es horrendo más allá de lo imaginable). Bueno, no tanto así, pero sí es muy feo. Digo, seguro que hay sitios más piojito, pero este era feo a secas. Van las muestras:
1. Las camas, que se encuentran una frente a la otra. ¿Qué puede ser más amable que quedar apuntándole los pies al vecino? O como en película cómica, sentarse de frente y platicar de cama a cama. Genial. Por cierto, las cortinas dan hacia una calle ruidosa del centro. Justo debajo de la ventana, un merolico con altavoz y grabadora programaba reggaetón y gritaba desde las 10 am hasta las 8 pm.
2. La televisión más asegurada del mundo. Previendo que alguien vaya a querer llevársela como souvenir, nada mejor que: a) pegarla con silicón a un mueble, b) colocarle un armazón metálico con el que la sujetan mejor a la mesa, c) torcerle los tornillos con los que sujetan el armazón metálico y d) pegar el mueble al piso. Para que no vayan a sacar la televisión inadvertidamente... (Yo no sé cómo le harían para sacar una tv de 22 pulgadas sin que se note, pero bueno)
3. El elegante tocador. Note por favor la comodidad que implica acceder al sitio, pasando por entre las camas y el inmueble de la tele. Además, la silla estilo "decadentismo de oficina" le pone un toque todavía más distinguido al asunto de que el tocador sea de macopán aglomerado.
4. La regadera, que en persona era todavía peor de lo que retrata. Para colmo, goteaba y salpicaba bigtime. Sobra decir que para tomar esta foto tuve que aventar la cámara a la esquina opuesta del baño para que saliera.
5. Y el único momento en el que me metí a la regadera fue para tomar esta fotografía. La toalla era "exfoliante" y no lo decía, como de papel de lija viejo. Y las llaves se zafaban. Para colmo, el jabón chiquito tenía el nombre de OTRO hotel... Ah, jijos.
6. Eso sí, la única forma correcta de ver la tele (¿recuerdan cómo estaban las camas?) era, por supuesto, encajonado en el excusado. Si tuviera algo de autocrítica, me avergonzaría decir que mi trasero estuvo a punto de no entrar entre las dos paredes que lo cercaban. Como carezco de ella, ya lo escribí.
7. Total, que en este espacio que ahora ven desde afuera se encontraba el clóset... perdón, el baño. Yo preferí dejarme las pulgas hasta llegar a mi casa.
8. Y una última vista, desde algún sitio entre el tocador y la televisión más segura del mundo. No falla el escritorio, que nos hace saber que se trata de un hotel bussiness class. Lástima que la silla sea la misma del tocador, y que el internet inalámbrico gratis (ah, porque había) no llegara hasta la habitación...
Espero que hayan disfrutado la visita al hotel Sarajevo. Por supuesto, no se llama así, pero ¿realmente importa cómo se llame?
Y sí, soy fresa, pero voy de campamento y sé dormir en tiendita de campaña, ja.
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14.5.07
Actualizacion urgente (jaja)
Pues después de dos entrevistas más, en una empresa diferente, empecé a trabajar. O algo así, que tampoco es como para que se agote uno. Me dieron un proyecto por el que todavía no sé cuanto me van a pagar, y le dediqué a eso mis tripas demanera singular y sensata (o sea que no parecía yo).
Ya también tuve tiempo de pelearme y encontentarme con R, que ahora se desdobla en dos personajes: el adorable R. Jekyll y el absurdo R Hyde. Tuve que tratar como un mes con ese segundo individuo, que no me simpatiza en lo más mínimo, pero al que aguanto porque de vez en vez todavía se aparece el señor Jekyll. Y el Jekyll es chidísimo, como ahora que me llamó por teléfono para decirme que se había llevado mi paste de salchicha con queso y catsup y mostaza y jamón y que en cuanto se dio cuenta me llamó para disculparse y avisarme que lo estaba volviendo a guardar en su bolsa. O ayer, que como regresé de haberme hospedado en un hotel pinchísimo y no me quise bañar, me apodó "mi liendrecita" durante toda la mañana...
El siguiente post, por supuesto, tendrá que ver con el mini documental del hotel pinchérrimo en el que me hospedé por ir a la boda de una de mis detestadas parientas provincianas... Ya decía yo que no resultaría nada bueno de ir a Pachuca con toda la familia...
(bah, exagero pero tiene gracia)
Ya también tuve tiempo de pelearme y encontentarme con R, que ahora se desdobla en dos personajes: el adorable R. Jekyll y el absurdo R Hyde. Tuve que tratar como un mes con ese segundo individuo, que no me simpatiza en lo más mínimo, pero al que aguanto porque de vez en vez todavía se aparece el señor Jekyll. Y el Jekyll es chidísimo, como ahora que me llamó por teléfono para decirme que se había llevado mi paste de salchicha con queso y catsup y mostaza y jamón y que en cuanto se dio cuenta me llamó para disculparse y avisarme que lo estaba volviendo a guardar en su bolsa. O ayer, que como regresé de haberme hospedado en un hotel pinchísimo y no me quise bañar, me apodó "mi liendrecita" durante toda la mañana...
El siguiente post, por supuesto, tendrá que ver con el mini documental del hotel pinchérrimo en el que me hospedé por ir a la boda de una de mis detestadas parientas provincianas... Ya decía yo que no resultaría nada bueno de ir a Pachuca con toda la familia...
(bah, exagero pero tiene gracia)
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10.4.07
La vida en el interviu
No tiene nada que ver con la afamada revista de chismes española, más bien es con mi bonito afán de ir a entrevistas de trabajo. Resulta que cuando eres físico nuclear, neurofisiólogo o investigador de mercados, perteneces a una selecta cofradía que trabaja en “la industria”. Sí, ese término que se usa para definir un mercado de trabajo tan cerrado, pero tan cerrado, que el día que quedes mal con 3 empresas ya te quedaste sin poder participar del juego.
Bueno, que estábamos con que mi participación en “la industria” del market research (oh, qué fashion se oye) se había limitado a trabajar en una consultora que ha ido adquiriendo nombre a fuerza de “push” en el mercado (y de donde me salí antes de que nadie diera dos pesos por ellos) y en una de las empresas más grandes de MR en el mundo (aunque el área de cualitativo en México, podrán adivinar, deja algo que desear). Cuando cerré la puerta, apagué la luz y me lancé al ancho mundo del freelance y la docencia, supuse que no habría más trabajo de oficina para mí. Ja. De pronto empezaron a aparecer las ofertas de trabajo, todas para subir de nivel de responsabilidad… Dije que no dos veces, con mi cara más mona de “soy libre y no me venderé”. Ja de nuevo.
Empresa 1
Entrevista 1. Una excompañera de trabajo llama a mi celular y empieza a contarme los pormenores de su nueva vida, que incluye ser headhunter para diferentes empresas “de la industria”. ¿Me interesaría una entrevista con ella? Voy a un café de cadena, compro un jugo y 15 minutos después ella ya está diagnosticando mi capacidad como posible vendedora (en realidad les dicen “consultores”) para alguna agencia que hace algo así como lo que yo siempre he querido hacer. Si sales bien en tu evaluación y les gustas, te hablan.
Entrevista 2. Posiblejefe me recibe en su oficina. Ahora ya sé que no estamos hablando de cualquier empresa, sino de LA Empresa. Sí, en toda “la industria” existe una LA empresa, y me habían llamado precisamente de ahí. Sopas. Para colmo, Posiblejefe es un tipo agradable, inteligente, conversador. Tenemos obsesiones comunes, y así una entrevista rutinaria de 30 minutos se transforma en hora y media. Voy a hablar con mi jefe y te aviso, dice Posiblejefe al despedirme. Yo salgo con la sensación de que algo inminente cuelga sobre mi cabeza.
Entrevista 3. Pues no fue con su jefe, sino con Miranda Priestley. Siendo justa, la mujer fuerte de “la industria” es mucho más agradable de lo que su fama me habría dejado creer. Lo curioso es que me pregunta generalidades, divaga y me trata de enamorar de LA empresa. Salgo sin saber bien a bien dónde estoy parada o que parte del proceso de reclutamiento me incluía con mi mejor cara de Anne Hathaway frente a la mujer a la que más temía después de mi exjefa… Sí, me cayó bien. No, no usa Prada. Más bien feng shui. Creo que me comporté con soltura. Salgo de la entrevista, pregunto por Posiblejefe, no está. Toda la gente es sonriente. Tal vez el feng shui funciona.
Entrevista 4. Posiblejefe me cita y no llega, pero me deja un caso práctico a escoger. Por primera vez en el proceso me encuentro haciendo un examen de aptitudes reales. Me pongo tan nerviosa que no logro dar pie con bola y tardo 3 horas en elaborar una propuesta de hora y media. Además, mi sugerencia es perfectamente desaforada (la respuesta correcta resulta ser un método que sugerí en mi peor fracaso frente a cliente en la anterior empresa, cuando Cliente Siniestro casi me hace llorar frente a un consultor y un moderador). Descubro que normalmente la posible área se toma 15 minutos para comer. Se siente bien estar en una oficina. Posiblejefe me mira con algo de decepción, pero supongo que no con la suficiente. “Me interesa más la actitud que la aptitud, lo demás puedes aprenderlo”. Ahora no sólo me siento estresada, literalmente me aterroriza. “No voy a poder con el paquete…” Posiblejefe me consigue una entrevista con Jefesiguiente para el día siguiente. Después de 4 entrevistas, no hay una propuesta económica que me permita desmayarme o carcajearme. Mal.
Entrevista 5. Jefesiguiente es un tipo que impone. Juvenil, pero no demasiado, de colecciones “informales” pero perfectamente ordenadas a la vista y arte contemporáneo en la oficina (“ese cuadro cuesta más que mi sueldo de los próximos 5 años como profesor” pienso mientras espero). Una estudiadísima barbita de 3 días… La entrevista que se suponía filtro resulta ser simplemente un trámite, con un Jefesiguiente que me hace preguntas básicas, nada que le permita darse cuenta de mi inexperiencia o mi incapacidad para trabajar bajo presión. Él sólo lee a la overachiever que siempre he sido… y da por hecho que el 2 de mayo estaré trabajando para ellos. Eso sí, sin oferta económica alguna. Esa me la darán hasta la entrevista 6, que me han cancelado ya dos veces... Cuando se enteren que no voy a aceptar, les dará chorro.
Bueno, que estábamos con que mi participación en “la industria” del market research (oh, qué fashion se oye) se había limitado a trabajar en una consultora que ha ido adquiriendo nombre a fuerza de “push” en el mercado (y de donde me salí antes de que nadie diera dos pesos por ellos) y en una de las empresas más grandes de MR en el mundo (aunque el área de cualitativo en México, podrán adivinar, deja algo que desear). Cuando cerré la puerta, apagué la luz y me lancé al ancho mundo del freelance y la docencia, supuse que no habría más trabajo de oficina para mí. Ja. De pronto empezaron a aparecer las ofertas de trabajo, todas para subir de nivel de responsabilidad… Dije que no dos veces, con mi cara más mona de “soy libre y no me venderé”. Ja de nuevo.
Empresa 1
Entrevista 1. Una excompañera de trabajo llama a mi celular y empieza a contarme los pormenores de su nueva vida, que incluye ser headhunter para diferentes empresas “de la industria”. ¿Me interesaría una entrevista con ella? Voy a un café de cadena, compro un jugo y 15 minutos después ella ya está diagnosticando mi capacidad como posible vendedora (en realidad les dicen “consultores”) para alguna agencia que hace algo así como lo que yo siempre he querido hacer. Si sales bien en tu evaluación y les gustas, te hablan.
Entrevista 2. Posiblejefe me recibe en su oficina. Ahora ya sé que no estamos hablando de cualquier empresa, sino de LA Empresa. Sí, en toda “la industria” existe una LA empresa, y me habían llamado precisamente de ahí. Sopas. Para colmo, Posiblejefe es un tipo agradable, inteligente, conversador. Tenemos obsesiones comunes, y así una entrevista rutinaria de 30 minutos se transforma en hora y media. Voy a hablar con mi jefe y te aviso, dice Posiblejefe al despedirme. Yo salgo con la sensación de que algo inminente cuelga sobre mi cabeza.
Entrevista 3. Pues no fue con su jefe, sino con Miranda Priestley. Siendo justa, la mujer fuerte de “la industria” es mucho más agradable de lo que su fama me habría dejado creer. Lo curioso es que me pregunta generalidades, divaga y me trata de enamorar de LA empresa. Salgo sin saber bien a bien dónde estoy parada o que parte del proceso de reclutamiento me incluía con mi mejor cara de Anne Hathaway frente a la mujer a la que más temía después de mi exjefa… Sí, me cayó bien. No, no usa Prada. Más bien feng shui. Creo que me comporté con soltura. Salgo de la entrevista, pregunto por Posiblejefe, no está. Toda la gente es sonriente. Tal vez el feng shui funciona.
Entrevista 4. Posiblejefe me cita y no llega, pero me deja un caso práctico a escoger. Por primera vez en el proceso me encuentro haciendo un examen de aptitudes reales. Me pongo tan nerviosa que no logro dar pie con bola y tardo 3 horas en elaborar una propuesta de hora y media. Además, mi sugerencia es perfectamente desaforada (la respuesta correcta resulta ser un método que sugerí en mi peor fracaso frente a cliente en la anterior empresa, cuando Cliente Siniestro casi me hace llorar frente a un consultor y un moderador). Descubro que normalmente la posible área se toma 15 minutos para comer. Se siente bien estar en una oficina. Posiblejefe me mira con algo de decepción, pero supongo que no con la suficiente. “Me interesa más la actitud que la aptitud, lo demás puedes aprenderlo”. Ahora no sólo me siento estresada, literalmente me aterroriza. “No voy a poder con el paquete…” Posiblejefe me consigue una entrevista con Jefesiguiente para el día siguiente. Después de 4 entrevistas, no hay una propuesta económica que me permita desmayarme o carcajearme. Mal.
Entrevista 5. Jefesiguiente es un tipo que impone. Juvenil, pero no demasiado, de colecciones “informales” pero perfectamente ordenadas a la vista y arte contemporáneo en la oficina (“ese cuadro cuesta más que mi sueldo de los próximos 5 años como profesor” pienso mientras espero). Una estudiadísima barbita de 3 días… La entrevista que se suponía filtro resulta ser simplemente un trámite, con un Jefesiguiente que me hace preguntas básicas, nada que le permita darse cuenta de mi inexperiencia o mi incapacidad para trabajar bajo presión. Él sólo lee a la overachiever que siempre he sido… y da por hecho que el 2 de mayo estaré trabajando para ellos. Eso sí, sin oferta económica alguna. Esa me la darán hasta la entrevista 6, que me han cancelado ya dos veces... Cuando se enteren que no voy a aceptar, les dará chorro.
28.3.07
Interscriptum
Yo ya decidí que no existo. Sï, es oficial. Sólo soy un personaje entre tantos personajes, una piel entre tantas pieles, una máscara entre máscaras.
Quiero empezar a columnear (bonito verbo que se traduce por "empezar a escribir con tono de columna") y usar para ello a bitter. No sé si extraño su tono o su fama. Ah, porque se sentía bonito tener gente que comentara, aunque luego fueran más bien lectores que creían saberlo todo de uno nada más porque leían el blog (al fin parece que ya todos se fueron y apagaron la luz, ojalá). Dice R que es porque nunca fue personaje del todo. Si la vuelvo columnista ¿se volverá personaje sola?
Estoy intentando escribir poesía, todo por la maldita obsesión de mejorar en ello. Ayer escribí una línea en el refrigerador: "adolorido animal soy". Trataba de volverlo algo downbeat, con un ritmo que decreciera, sincopado, lento. "adolorido animal soy". Llegó R: "No tiene ritmo". Reescribió: "Soy animal adolorido". Ahora tiene upbeat, va creciendo. "taca-tá-taca-tá-taca-tá, en eso consiste el ritmo".
Soy arrítmica, pues. Mi consuelo es que lo que siguió escribiendo R en el refrigerador era entre dadá y pinche... No tengo ritmo, pero tengo coherencia, jaja.
Hoy, otra entrevista. Es la cuarta relacionada con el mismo trabajo que no sé si quiero o no quiero tomar. No quiero trabajar tres meses y botarlo. Tampoco quiero entrar, comprometerme y abandonar la escuela. La verdad es que creo saber qué quiero, pero no estoy segura de querer ejecutarlo. ¿Y si lo único que quiero es que mi vida siga siendo mía y siga siendo simple? ¿Estará mal decirle que no a una oportunidad que pintan calva porque no puedo tomarle el pelo? ¿Cómo diablos defino si la emoción que siiento cada vez que me llaman soy yo o es el hurón?
Llevo tanto tiempo peleando por aplacar al pinche hurón de la neurosis (ya saben, la rata larga esa que corre en círculos en mi cerebro, rascando esquinitas, escondiendo datos, poniéndome de malas, la que produce el dolor ese en la base del cráneo y en la coronilla cuando me concentro mucho) y ahora que aparece una propuesta de trabajo como el que dejé pero más organizado (y tres o cuatro veces más exigente) de pronto el hurón adormecido despierta y empieza a dar vueltas y me dice que sí, que podría con todo, que tengo derecho a intentarlo, que necesitamos el dinero, que de todos modos más vale que esté ocupada.
Del otro lado, aparece el animal nuevo, que no identifico todavía (tal vez es Jacinto) y me pregunta si deveras tengo necesidad de regresar a todo eso. Es como una adicción, la adrenalina, la sensación de logro, el estrés. Es eso, una adicción. Es la urgencia de hacer todo al mismo tiempo. Me recuerda mi valioso tiempo para mí, las caminatas por el mercado, lo que disfruto compartir con los alumnos (con excepción de los tres que mienta el hurón para convencerme de que la docencia no es lo mío).
Vivo en esa frenética lucha entre escribir y no, entre trabajar como negro o vivir como negro (aunque si trabajo como negro puedo garantizar que nunca habrá tiempo libre, que no habrá vacaciones, que rara vez saldré, en definitiva, que viviré como negro también), entre decidirme por el prestigio de una chamba nueva o por la tranquilidad que implica saber que de aquí no me voy a mover a ningún lado.
¿Es paz o así se siente la mediocridad?
Entrevista en 4 horas. Terror. Y una respuesta que no sé todavía cuál será.
Quiero empezar a columnear (bonito verbo que se traduce por "empezar a escribir con tono de columna") y usar para ello a bitter. No sé si extraño su tono o su fama. Ah, porque se sentía bonito tener gente que comentara, aunque luego fueran más bien lectores que creían saberlo todo de uno nada más porque leían el blog (al fin parece que ya todos se fueron y apagaron la luz, ojalá). Dice R que es porque nunca fue personaje del todo. Si la vuelvo columnista ¿se volverá personaje sola?
Estoy intentando escribir poesía, todo por la maldita obsesión de mejorar en ello. Ayer escribí una línea en el refrigerador: "adolorido animal soy". Trataba de volverlo algo downbeat, con un ritmo que decreciera, sincopado, lento. "adolorido animal soy". Llegó R: "No tiene ritmo". Reescribió: "Soy animal adolorido". Ahora tiene upbeat, va creciendo. "taca-tá-taca-tá-taca-tá, en eso consiste el ritmo".
Soy arrítmica, pues. Mi consuelo es que lo que siguió escribiendo R en el refrigerador era entre dadá y pinche... No tengo ritmo, pero tengo coherencia, jaja.
Hoy, otra entrevista. Es la cuarta relacionada con el mismo trabajo que no sé si quiero o no quiero tomar. No quiero trabajar tres meses y botarlo. Tampoco quiero entrar, comprometerme y abandonar la escuela. La verdad es que creo saber qué quiero, pero no estoy segura de querer ejecutarlo. ¿Y si lo único que quiero es que mi vida siga siendo mía y siga siendo simple? ¿Estará mal decirle que no a una oportunidad que pintan calva porque no puedo tomarle el pelo? ¿Cómo diablos defino si la emoción que siiento cada vez que me llaman soy yo o es el hurón?
Llevo tanto tiempo peleando por aplacar al pinche hurón de la neurosis (ya saben, la rata larga esa que corre en círculos en mi cerebro, rascando esquinitas, escondiendo datos, poniéndome de malas, la que produce el dolor ese en la base del cráneo y en la coronilla cuando me concentro mucho) y ahora que aparece una propuesta de trabajo como el que dejé pero más organizado (y tres o cuatro veces más exigente) de pronto el hurón adormecido despierta y empieza a dar vueltas y me dice que sí, que podría con todo, que tengo derecho a intentarlo, que necesitamos el dinero, que de todos modos más vale que esté ocupada.
Del otro lado, aparece el animal nuevo, que no identifico todavía (tal vez es Jacinto) y me pregunta si deveras tengo necesidad de regresar a todo eso. Es como una adicción, la adrenalina, la sensación de logro, el estrés. Es eso, una adicción. Es la urgencia de hacer todo al mismo tiempo. Me recuerda mi valioso tiempo para mí, las caminatas por el mercado, lo que disfruto compartir con los alumnos (con excepción de los tres que mienta el hurón para convencerme de que la docencia no es lo mío).
Vivo en esa frenética lucha entre escribir y no, entre trabajar como negro o vivir como negro (aunque si trabajo como negro puedo garantizar que nunca habrá tiempo libre, que no habrá vacaciones, que rara vez saldré, en definitiva, que viviré como negro también), entre decidirme por el prestigio de una chamba nueva o por la tranquilidad que implica saber que de aquí no me voy a mover a ningún lado.
¿Es paz o así se siente la mediocridad?
Entrevista en 4 horas. Terror. Y una respuesta que no sé todavía cuál será.
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