Se vienen cambios. Lo sé porque los siento venir en mi interior, porque lo que está haciendo ebullición en mi cabeza, en mi pecho, en toda yo no da para quedarse como está por mucho tiempo más.
Sería encantador pensar que con un esfuerzo de la voluntad se puede recomponer todo, que basta la varita mágica de "no pasa nada" para que realmente no pasara, ni se sintiera, pero no es así. La ventaja es que toda crisis trae aparejado movimiento, todo conflicto implica una posibilidad de crecimiento, toda caída es aprendizaje.
Sé lo que no quiero, y creo que empiezo a tener, por primera vez en la vida, bien claro lo que quiero y cómo lo quiero. Ahora la búsqueda es cómo y dónde conseguirlo; es una diferencia diametral y significativa. Llegar a ello implica millones de cosas. Tratar de descubrir de qué manera tengo que cambiar y adaptarme para lograrlo también es un viaje de mil millones de pasos. Iré tratando de darlos uno a uno.
Pienso mucho en mi abuela, en la frase que me repitió hasta tatuármela en el cerebro y en el corazón: "en el más inteligente tiene que caber la prudencia". Desde niña y hasta hace algunos años me rebelé mucho ante eso: ¿por qué suponer siempre que la más inteligente tenía que ser yo? Pedía permiso de ser, por una vez, la tonta, la que pierde el control, la que pone el universo en llamas. Quería ser bitter berri, pues.
De adulta, el problema es comprender qué quiere decir "prudencia". No se trata de no responder. Tampoco se trata de aguantar. Creo (y esto lo estoy entendiendo por primera vez ahora) que se trata de seleccionar la respuesta más indicada para cada momento. De dar un paso atrás para medir las consecuencias. De aprender de lo que ves. Y ya con eso hecho, entonces sí, lanzarte a lo que se necesite: ser diplomático, gritar, negociar, encender fuego.
Como bonzo, pues.
7.2.13
14.1.13
De tu ausencia
Estás, y de repente ya no. Y entonces toca aprender a vivir con la certeza de que no te voy a ver ni en sueños. Así es: desde que ocurrió la pesadilla, los sueños se esfumaron. Paso noches en negros absolutos. Duermo bien, es cierto, pero lo hago con el sueño de las piedras. Perros, gatos, amigos, marido. Todo me acompaña, pero está ese espacio. Mind the gap. Y con que cara si ni soy tu hermana, ni tu exnovia, ni tu mejor amiga, ni te conocía de hace años. Poco más de 450 días me bastaron para darte por supuesto en mi vida, para que te transformaras un poco en una razón más para ver el mundo con buenos ojos. Para creer que tenía el derecho de quererte como se quiere a los que son tú mismo, aquellos que te completan y te complementan.
Me estoy ahogando un poco. Quiero ayudar a todo mundo a cargar con sus ausencias, pero hay horas y días en los que inevitablemente me dueles. No sólo me dueles en mí; me dueles en tu mejor amigo, que no duerme por miedo a tener pesadillas iterativas; me dueles en la novia que dejaste aquí y que no entiende por qué en un mes creyó ser tan feliz y luego perdió todo un proyecto de vida. Me oigo diciéndote que fueras responsable con los planes que hacías con ella... No me refería a esto, no a este hueco que trato de llenar con lecturas y películas y meditación y un nuevo perro viejo y trabajo.
No me puedo sentar todavía en el sillón de casa de mi amiga. Coloco la cabeza en el respaldo y nos recuerdo recargados uno en el otro, mientras te digo que la vida me debía un hermano (además del que tengo) y me pagó contigo. Y luego, menos de dos meses después, corte a negros. Y me trago las lágrimas que no dejo que nadie vea. Porque mi marido, tu mejor amigo, me necesita entera y mi tristeza se lo come vivo; porque los amigos no alcanzan para sostenerme, porque no logro concentrarme en el trabajo pero finjo que sí para seguir teniendo un motivo para escapar de casa. Porque me muero de ganas de volver a ser feliz aunque no estés, pero cada que lo soy te extraño tanto...
Me estoy ahogando un poco. Quiero ayudar a todo mundo a cargar con sus ausencias, pero hay horas y días en los que inevitablemente me dueles. No sólo me dueles en mí; me dueles en tu mejor amigo, que no duerme por miedo a tener pesadillas iterativas; me dueles en la novia que dejaste aquí y que no entiende por qué en un mes creyó ser tan feliz y luego perdió todo un proyecto de vida. Me oigo diciéndote que fueras responsable con los planes que hacías con ella... No me refería a esto, no a este hueco que trato de llenar con lecturas y películas y meditación y un nuevo perro viejo y trabajo.
No me puedo sentar todavía en el sillón de casa de mi amiga. Coloco la cabeza en el respaldo y nos recuerdo recargados uno en el otro, mientras te digo que la vida me debía un hermano (además del que tengo) y me pagó contigo. Y luego, menos de dos meses después, corte a negros. Y me trago las lágrimas que no dejo que nadie vea. Porque mi marido, tu mejor amigo, me necesita entera y mi tristeza se lo come vivo; porque los amigos no alcanzan para sostenerme, porque no logro concentrarme en el trabajo pero finjo que sí para seguir teniendo un motivo para escapar de casa. Porque me muero de ganas de volver a ser feliz aunque no estés, pero cada que lo soy te extraño tanto...
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25.10.12
Touched by a book
El amor dedicado a los libros siempre es recíproco.
Existen pocos placeres que atesore más que pasar tres o cuatro horas arremolinada en un rincón, con la única compañía de un libro. Despertar temprano una mañana de domingo, cuando el resto del mundo duerme, y salir de puntillas de la cama para tener “tiempo de calidad” que compartir con ese improbable gran amigo. Y es improbable porque ahora la pantalla me absorbe la mayor parte del tiempo: reportes de trabajo, navegación en línea, redes sociales, videos, fotografías...
Me encanta saber que podemos robarle algo de espacio y tiempo al día para estar ahí, construir nuestra cita secreta, re-crearnos el uno al otro: la lectura es una de las pocas ocupaciones estáticas en las que cambiamos nosotros y somos cambiados por aquello que transformamos, sin mover mucho más que un dedo, la muñeca, o dando un ligero asentimiento de cabeza. Millones de conversaciones privadas, únicas, sostenidas entre un autor y su lector. No hace falta hablar para que el libro y yo sepamos de qué se trata esta dinámica, de qué manera vivimos juntos, discutimos, concordamos y discordamos. Sólo quien lee habitualmente sabrá de esa extraña sensación de cabeza nublada, que no se va hasta no terminar de leer un texto pendiente.
Mis libros y yo somos un universo aparte, un infinito cúmulo de mundos engarzados con otros mundos. Como Borges, siempre he imaginado que el Paraíso debiera ser muy similar a una biblioteca: es el único modo que tengo de imaginar sobrevivir el infinito.
The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore (2011).
Dir. William Joyce & Brandon Oldenburg.
Música original de John Hunter.
Este texto se publicó originalmente en el blog de Life & Style México, pero aparentemente ya no existe ahí. Lo republico aquí con el deseo de rescatarlo... Qué se le va a hacer, le agarra uno cariño a sus ideas.
21.12.11
Re-cuento
La gente empieza a despedirse para poder salir de vacaciones navideñas. Este año, yo decidí quedarme a guardia (juré que nunca lo haría de nuevo, quién me viera ahora) y anhelo esos momentos en los que podré estar en la oficina sacando algunos pendientes de organización. Renovando cosas, supongo.
Acaba de pasar recién mi cumpleaños 33, y un tumulto de cosas se me agolpan en la cabeza y en el corazón. Ha sido un año complicado (vaya que sí) pero también me ha dado múltiples aprendizajes. Me liberó de ciertas cosas, me demostró que otras están ahí, como asignatura pendiente (tal cual, la espada de Damócles). Fue el año en el que las cosas que parecían malas fueron las que detonaron lo mejor; en cierto modo, todo aquello que estaba bien a principios del 2011 fue lo que no terminó igual —en general, aunque haya algunas excepciones.
La vida sigue viniendo sin instructivo. Eso, más que darme miedo, me sigue dando una curiosidad infinita: nunca sé qué viene a la vuelta de la esquina, y casi siempre puede ocurrir cualquier cosa. Dicen de mí en una lectura de hoy:
Me gusta. Hace juego con mis uñas de colores, con mis faldas de vestir, con mi ropa de diseñador hipster, con el recién adquirido gusto por los vestidos, con mi primer vestido de gala de mujer de treintaitantos. También va con la disímbola mezcla de amigos con la que he logrado rodearme a lo largo de los años... Gente que me ha costado una vida reunir, pero con la que me siento tan cómoda y feliz que las palabras faltan para describirlos, y sobran para comprendernos.
Sigo tratando de llenar mi vida de risas. Haciéndole más caso a aquello que, dentro del "infierno de los vivos", no es infierno —siguiendo a Calvino, haciendo que dure, dándole espacio. Creo que es mi gran aprendizaje del año: construir lo bueno en medio de lo que puede parecer terrible —y descubrir que, al final, lo terrible era maravilloso después de todo, sin falsos optimismos.
Feliz final de fiesta.
Acaba de pasar recién mi cumpleaños 33, y un tumulto de cosas se me agolpan en la cabeza y en el corazón. Ha sido un año complicado (vaya que sí) pero también me ha dado múltiples aprendizajes. Me liberó de ciertas cosas, me demostró que otras están ahí, como asignatura pendiente (tal cual, la espada de Damócles). Fue el año en el que las cosas que parecían malas fueron las que detonaron lo mejor; en cierto modo, todo aquello que estaba bien a principios del 2011 fue lo que no terminó igual —en general, aunque haya algunas excepciones.
La vida sigue viniendo sin instructivo. Eso, más que darme miedo, me sigue dando una curiosidad infinita: nunca sé qué viene a la vuelta de la esquina, y casi siempre puede ocurrir cualquier cosa. Dicen de mí en una lectura de hoy:
[...] a veces me pregunto si crece o ya creció en algún momento anterior y ahora (se) conserva (en) su juventud crecida[...]
Me gusta. Hace juego con mis uñas de colores, con mis faldas de vestir, con mi ropa de diseñador hipster, con el recién adquirido gusto por los vestidos, con mi primer vestido de gala de mujer de treintaitantos. También va con la disímbola mezcla de amigos con la que he logrado rodearme a lo largo de los años... Gente que me ha costado una vida reunir, pero con la que me siento tan cómoda y feliz que las palabras faltan para describirlos, y sobran para comprendernos.
Sigo tratando de llenar mi vida de risas. Haciéndole más caso a aquello que, dentro del "infierno de los vivos", no es infierno —siguiendo a Calvino, haciendo que dure, dándole espacio. Creo que es mi gran aprendizaje del año: construir lo bueno en medio de lo que puede parecer terrible —y descubrir que, al final, lo terrible era maravilloso después de todo, sin falsos optimismos.
Feliz final de fiesta.
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9.10.11
Obsesividades y compulsiones
No sé si pase en la vida de todos, pero al menos la mía se rige por ciclos. Su duración siempre es indefinida, pero puedo sentir claramente cuando uno se abre y otro se cierra. Los últimos han sido brutales, no a un nivel externo (el exterior se mantiene más o menos en el mismo estado siempre, aunque mi cabello tiende a dar cuenta de ello) sino interno.
Sí. Los últimos quiebres de ciclo me han dado para cuestionarme otra vez quién diablos soy, quien diablos creo que soy, qué hago y por qué lo hago... Generalmente termino los ciclos con muchas más preguntas que respuestas, pero también con una serenidad de espíritu que característicamente pierdo en la temporada previa a cada cierre.
El post anterior lo escribí justo en la mitad del nadir del ciclo (que es lo mismo que decir "el cenit de la crisis"). Esa pregunta que se revuelve obsesivamente sobre de mis acciones actuales y procura ayudarme a llevar la cuenta de si soy la persona que espero ser. El inicio de esa crisis me marcó: demasiado enojo acumulado, demasiada paciencia encubriendo la ira; mucha frustración, descubrir una vez más que repetí el karma (desentendiéndome de mi propio compromiso con evitar esa misma historia que pasa ya por tercera vez en mi vida). El dolor de sentir el corazón roto, saberme usada y tener muy claro que fui yo quien lo decidió y lo permitió así.
Hace ya un rato que abandoné la terapia. El grupo en el que estuve y yo no funcionábamos mutuamente: soy malísima tomando la palabra por asalto, si los demás necesitan hablar tiendo a escuchar; soy, definitivamente, bien educada para los estándares de 1920. Eso —como bien me hacía notar la terapeuta cuando podía— ocurre también afuera: hablo mucho de lo que no importa, pero lo que realmente me angustia, me preocupa, me obscurece, puede quedarse en mi interior por siempre jamás.
Sin embargo, hace un par de meses empecé a ir a grupos de constelaciones familiares. Se han movido montones de cosas, en diferentes órdenes. Recordé, de pronto, el terror que tenía de ser vulnerable a cualquier cosa durante la adolescencia (y el maravilloso papel que jugó mi mejor amiga en romper esa coraza). Caí en cuenta de que acumulo demasiadas cosas —otra vez usando la frase de manera totalmente polisémica— y que tengo que dejar ir para poder mantener la salud; que tengo que atreverme a abrir las zonas cerradas antes de que sea demasiado tarde... También de mi propio comportamiento compulsivo, de mi fragilidad emocional. De lo rota que estaba.
Empiezo la batalla de recuperar la salud mental, sin muletas esta vez, y me doy cuenta de que muchas dinámicas en las que estoy metida son todo menos sanas. De pronto me doy cuenta de que hace meses que no me tomo el tiempo de ir al cine, que salgo con los amigos mucho menos de lo que me gustaría (significativamente menos que hace 6 meses). Que tengo 5 animales a los que veo, en promedio, 1 hora al día. Que ya no escribo (y eso, cuando sabes que estás construido de palabras, es dolorosísimo). Que, con todo lo que me dolió no tener materia este trimestre, tampoco sé cómo habría hecho para sobrevivir lo que estoy pasando y dar clases a la vez.
Me apasiona mi trabajo, y en estos días he recibido varios comentarios con respecto a que se nota. Sin embargo, creo que ya dejé atrás la edad en la que eso me hacía tener la capacidad de trabajar 65 o más horas a la semana en él. Recuerdo la época que documenté en correos electrónicos dirigidos a mis amigos (era pre-facebook), cuando estaba tan enfrascada aprendiendo a hacer lo que amo y renunciando a estudiar lo que me apasionaba, que no podía ver a nadie. No puedo evitar recordar lo deprimida que salí de aquella temporada, aunque estaba feliz y orgullosa de lo que había hecho, también sé que estaba tan agotada que pude haberme dedicado a cualquier otra cosa con tal de recuperar mi vida y mi dignidad.
También caí en la cuenta de que llevo al menos 6 meses apostando a que las cosas cambien para bien, pero que al mismo tiempo no estoy nada segura de que esa esperanza sea real o tenga fundamento alguno. Al contrario, cada paso que doy hacia el frente se pone más oscuro. Quiero creer que las señales que leo son ciertas, que amanecerá después de esto. Pero tengo que empezar a asumir mi miedo de estar equivocada, y mi necesidad de hablar esto con quien sea que pueda hacer algo.
Creo que bastaron dos ataques de ansiedad en una sola semana, dos o tres clientes que necesitan demasiada atención, cuatro o cinco cosas que se han atendido poco menos que a medias por culpa de la prisa, de lo urgente que le roba tiempo a lo importante, de descubrir que 20 horas al día, 5 días a la semana ya no me bastan (y que mi cuerpo, mi mente y mi espíritu están cansados de intentar darlos). Que hace meses que no trabajo los fines de semana y que mi mente y mi cuerpo se rebelan cuando intento (o necesito) hacerlo.
Este post no cae en la categoría "decisiones trascendentes". No hay más decisión tomada que la de poner un límite. Uno solo. Chiquito. Si funciona o no funciona... de ahí sí que vendrán decisiones interesantes. En realidad, este post es sólo una descarga que me deja libre para poder trabajar en lo que me urge terminar, sin pretextos, para el lunes. Un suspiro después, justo al terminar de alimentar esta flamita incipiente de rebelión, seguiré con las urgencias. Espero, por mi bien, que por la penúltima vez.
Sí. Los últimos quiebres de ciclo me han dado para cuestionarme otra vez quién diablos soy, quien diablos creo que soy, qué hago y por qué lo hago... Generalmente termino los ciclos con muchas más preguntas que respuestas, pero también con una serenidad de espíritu que característicamente pierdo en la temporada previa a cada cierre.
El post anterior lo escribí justo en la mitad del nadir del ciclo (que es lo mismo que decir "el cenit de la crisis"). Esa pregunta que se revuelve obsesivamente sobre de mis acciones actuales y procura ayudarme a llevar la cuenta de si soy la persona que espero ser. El inicio de esa crisis me marcó: demasiado enojo acumulado, demasiada paciencia encubriendo la ira; mucha frustración, descubrir una vez más que repetí el karma (desentendiéndome de mi propio compromiso con evitar esa misma historia que pasa ya por tercera vez en mi vida). El dolor de sentir el corazón roto, saberme usada y tener muy claro que fui yo quien lo decidió y lo permitió así.
Hace ya un rato que abandoné la terapia. El grupo en el que estuve y yo no funcionábamos mutuamente: soy malísima tomando la palabra por asalto, si los demás necesitan hablar tiendo a escuchar; soy, definitivamente, bien educada para los estándares de 1920. Eso —como bien me hacía notar la terapeuta cuando podía— ocurre también afuera: hablo mucho de lo que no importa, pero lo que realmente me angustia, me preocupa, me obscurece, puede quedarse en mi interior por siempre jamás.
Sin embargo, hace un par de meses empecé a ir a grupos de constelaciones familiares. Se han movido montones de cosas, en diferentes órdenes. Recordé, de pronto, el terror que tenía de ser vulnerable a cualquier cosa durante la adolescencia (y el maravilloso papel que jugó mi mejor amiga en romper esa coraza). Caí en cuenta de que acumulo demasiadas cosas —otra vez usando la frase de manera totalmente polisémica— y que tengo que dejar ir para poder mantener la salud; que tengo que atreverme a abrir las zonas cerradas antes de que sea demasiado tarde... También de mi propio comportamiento compulsivo, de mi fragilidad emocional. De lo rota que estaba.
Empiezo la batalla de recuperar la salud mental, sin muletas esta vez, y me doy cuenta de que muchas dinámicas en las que estoy metida son todo menos sanas. De pronto me doy cuenta de que hace meses que no me tomo el tiempo de ir al cine, que salgo con los amigos mucho menos de lo que me gustaría (significativamente menos que hace 6 meses). Que tengo 5 animales a los que veo, en promedio, 1 hora al día. Que ya no escribo (y eso, cuando sabes que estás construido de palabras, es dolorosísimo). Que, con todo lo que me dolió no tener materia este trimestre, tampoco sé cómo habría hecho para sobrevivir lo que estoy pasando y dar clases a la vez.
Me apasiona mi trabajo, y en estos días he recibido varios comentarios con respecto a que se nota. Sin embargo, creo que ya dejé atrás la edad en la que eso me hacía tener la capacidad de trabajar 65 o más horas a la semana en él. Recuerdo la época que documenté en correos electrónicos dirigidos a mis amigos (era pre-facebook), cuando estaba tan enfrascada aprendiendo a hacer lo que amo y renunciando a estudiar lo que me apasionaba, que no podía ver a nadie. No puedo evitar recordar lo deprimida que salí de aquella temporada, aunque estaba feliz y orgullosa de lo que había hecho, también sé que estaba tan agotada que pude haberme dedicado a cualquier otra cosa con tal de recuperar mi vida y mi dignidad.
También caí en la cuenta de que llevo al menos 6 meses apostando a que las cosas cambien para bien, pero que al mismo tiempo no estoy nada segura de que esa esperanza sea real o tenga fundamento alguno. Al contrario, cada paso que doy hacia el frente se pone más oscuro. Quiero creer que las señales que leo son ciertas, que amanecerá después de esto. Pero tengo que empezar a asumir mi miedo de estar equivocada, y mi necesidad de hablar esto con quien sea que pueda hacer algo.
Creo que bastaron dos ataques de ansiedad en una sola semana, dos o tres clientes que necesitan demasiada atención, cuatro o cinco cosas que se han atendido poco menos que a medias por culpa de la prisa, de lo urgente que le roba tiempo a lo importante, de descubrir que 20 horas al día, 5 días a la semana ya no me bastan (y que mi cuerpo, mi mente y mi espíritu están cansados de intentar darlos). Que hace meses que no trabajo los fines de semana y que mi mente y mi cuerpo se rebelan cuando intento (o necesito) hacerlo.
Este post no cae en la categoría "decisiones trascendentes". No hay más decisión tomada que la de poner un límite. Uno solo. Chiquito. Si funciona o no funciona... de ahí sí que vendrán decisiones interesantes. En realidad, este post es sólo una descarga que me deja libre para poder trabajar en lo que me urge terminar, sin pretextos, para el lunes. Un suspiro después, justo al terminar de alimentar esta flamita incipiente de rebelión, seguiré con las urgencias. Espero, por mi bien, que por la penúltima vez.
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